Vedovelli

Relatos de Jorge Vedovelli.

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Iniciación

¿Qué pensarían si les dijera que frente a mi casa vive una "chica playboy"? La verdad es que me lo imagino. Mi padre seguro que diría: "¡Menuda suerte, chaval!", o "¡A por ella, que eso no pasa dos veces!", y eso suponiendo que se diera cuenta, porque pasa más tiempo de viaje que en casa y, a decir verdad, no creo que le falten "chicas playboy". Lo que oiría con más frecuencia sería: "¡No jorobes, tío! ¡Cuenta, cuenta!" en boca de Francis, mi colega del tercero. No le interesan los rodeos ni las historias bien narradas, él va de la portada al final del cómic parándose únicamente en las escenas de violencia gratuita o sexo "de pago". Es repulsivo y fascinante a la vez ver la enfermiza dedicación con que desmenuza cada trazo dibujado, cada sílaba. ¡Todo un espectáculo! La verdad es que es un poco rarito... Bueno, en realidad, tanto como yo.

 

Mi madre, cuando logra despegar la cara de los calderos, me dice sólo tres cosas: que nunca llegaré a nada, que me cambie de ropa de vez en cuando, y que... cuando esté diciendo algo, me ciña a la historia y no me vaya por "los Cerros de Úbeda".

 

En fin, como les decía, frente a mi puerta había un bombón. Y digo bien "había" porque en este momento lo tengo al lado. Si alargara un poco la mano podría tocar la curvatura de su cuerpo bajo las sábanas. Ahora mismo duerme, lo sé porque no ha parado de roncar todo el rato. De sus labios, carnosos y casi perfectos, cuelga un hilillo de saliva que está manchando la almohada... Definitivamente, esto no es lo que había imaginado.

 

Ya me lo decía Tolkien... ¡Un momento! Creo que aún no les he hablado de ello. Tengo que admitir que esa es una de mis rarezas. A veces hablo con Tolkien. Sí, con el mismísimo J. R. R. Tolkien. Ya sé que puede parecer de frenopático, pero si se enteraran los de mi círculo -Francis y poco más-, lo considerarían más bien un sacrilegio. Pero, por suerte, nadie lo sabe. Es de locos, y yo lo sé, pero no puedo evitarlo. De hecho me hace sentir bien. Me ayuda a salir de ciertos "apuros", aunque para la mayoría de las situaciones no vale para nada. Por ejemplo, el otro día mi madre me obligó a bajar al "super" a hacer la compra. No se cómo se las arregla, pero nunca me da dinero suficiente, y encima me dice que debo llevarlo en su monedero amarujado "para que no se pierda". El caso es que, por enésima vez, me faltaron tres euros para completar la compra. Y encima había un imbécil detrás de mí con dos carros repletos resoplando y dando la tabarra (los querría para su bunker antinuclear, el muy idiota). Bueno, pues como decía, ese es el momento perfecto para pensar qué haría Aragorn en una situación parecida. Me viene una idea de éstas a la cabeza y al final, para nada. ¿Quién puede imaginarse a Trancos en la cola de un supermercado? Devuelvo un par de cosas, pago, farfullo con mi vocecita algún proyecto de disculpa y, con suerte si logro disimular los colores de mi cara, me marcho. Y, para colmo, seguro que la cajera es guapa. Si fuera uno de los adefesios que he visto en esa tienda, la escena hubiera sido más soportable, pero no, la chica sería guapa. Todo me sigue.

 

Era una mañana como cualquier otra, aburrida, gris... Vamos, de lo más deprimente. Bueno, creo que en el fondo no lo era tanto, pero había descubierto con horror otro de esos maravillosos granos que siempre me salen en los lugares más visibles de la cara. Debería coleccionarlos. A lo mejor algún día, cuando fuera famoso como los "pringaos" que salen por la tele, mis secreciones valdrían una fortuna. Pero por el momento no valen un pimiento.

 

Como decía, estaba saliendo de mi casa hecho unas castañuelas cuando casi me parto la crisma con un bulto que había atravesado frente a mi puerta. Si hubiera pillado en aquel momento al que lo puso ahí... me hubiera callado y me habría ido sin decir ni "mu". Soy así de intrépido. El caso es que me dirigí al ascensor soltando pestes y mirando el reloj. No sé por qué me molesta tanto que me hagan perder el ritmo. El tropezón, la caída y levantarme, no duró más de tres segundos, pero me "cortó el rollo" y si hay algo que odio es eso. Aunque, como todo lo mío, para nada. En realidad al instante siguiente estaría parado como un pasmarote, mirando durante casi treinta segundos cómo avanzan los numeritos en el ascensor. Parece que el tiempo pasa más rápido si usas las escaleras.

 

Cuando por fin se abrieron las puertas de aquel cacharro, se materializó ante mis ojos la criatura más bella que jamás había visto. Y esto no es decir poco, hay que tener en cuenta mi dilatada experiencia en el tema como internauta compulsivo. En algo se tendría que notar.

 

Puso su mano en el pecho, soltó un quedo "¡Huy, que susto!" e iluminó su rostro con una espléndida sonrisa.

 

- Eres mi vecino de enfrente, ¿no? -dijo extendiendo el brazo- Soy Ana.

 

Por un momento me quedé quieto y sin saber qué decir. Si me hubiera visto mi padre, me habría dado una colleja, pero yo en aquel momento no era capaz de coordinar dos ideas seguidas, y tenía miles.

 

-Bueno -dijo por fin-, ¿me dejas pasar?

 

- Oh, sí...Disculpa.

 

- Visítame cuando quieras, ¿eh?-dijo mientras caminaba hacia su casa- Ya sabes dónde vivo.

 

- Me... me llamo Luis.

 

- Pues hasta pronto, Luis.

 

No pareció ofendida porque no le diera la mano. Aunque me hubiera dado cuenta de ello, no habría podido. Mis músculos eran de granito, y me temblaba todo el cuerpo. Era demasiado simpática para no darse cuenta del mal trago que estaba pasando. La verdad es que las mujeres ignoran hasta qué punto son poderosas. Me extraña que no sean ellas las dueñas del mundo y sí los hombres. Quizá su problema sea la falta de ambición: les gusta ver el efecto que causan pero no le sacan partido.

 

Ya tenía un nuevo motivo para sentirme inútil. Mi actuación ante aquella hermosura no fue la propia de un John Wayne. Más bien hice el indio... una vez más. Con estos alegres pensamientos me encaminé al campo de concentración de adolescentes. Como siempre, llegaba tarde a clase.

 

Un par de días después, mi madre me mandó uno de sus encarguitos. Tenía que subir a la azotea a tender la ropa. No es que me molestara hacerlo (de veras, me encanta el olor a ropa húmeda recién lavada. De chico disfrutaba como un loco con esas cosas. ¿Por qué todo ha cambiado tanto?), pero no dejaba de ser una orden y me fastidia mucho que me manden, sobre todo mis padres.

 

Allí estaba yo, con mis "walkman" enchufados, aislado del mundo. Entonces apareció ella. "¡Dios mío!" -pensé-, "¡ahí está!" Parece mentira cómo usamos en nuestro lenguaje el nombre de Dios. Quien nos oyera podría pensar que somos de lo más puritanos. Y, en lo que a mi respecta, no hay nada más equivocado. De hecho no hago otra cosa que dudar. Más de una vez he salido de la clase de química, o ciencias naturales, o matemáticas, para entrar, acto seguido, en la de religión. Parecen compartimentos estancos. En unos sitios te enseñan a creer lo que en los otros descubres sin sentido. Al menos la física y la química, a veces, demuestran lo que dicen en el pequeño laboratorio que tenemos en el sótano. El cura aún no ha hecho nada parecido. Si me oye mi madre me mata, para esas cosas es muy suya.

 

Como decía, ella apareció. Al verme me saludó por mi nombre y sonrió. Llevaba puesto un camisón estampado y unas cholas de esas de meter el dedo gordo. A otra mujer aquello le hubiera sentado como un tiro, pero no a ella.

 

Los tendederos estaban demasiado unidos (cuestión de ahorro, según imagino) y muchas veces, al quitar las trabas de la ropa y apartar los cabellos que le caían sobre la cara, daba latigazos en la mía con su pelo. Si eso era un castigo, prometo que siempre seré malo. Entonces me di cuenta de que no llevaba nada debajo. Tuve suerte de tener a mano una columna, si no creo que me hubiera caído redondo al suelo.

 

Cuando terminó, cogió una cesta enorme de esas de plástico que se rajan de un toque, puso toda la ropa dentro y la levantó. La cara se le puso toda colorada, creo que por el esfuerzo.

 

- ¿Te... te ayudo?

 

Colocó aquel enorme contendor sobre la barandilla y se giró hacia mí.

 

- ¡Vaya, si va a resultar que eres todo un caballero!

 

Miré al suelo un poco molesto por su tono. Tal vez lo sea, pero no me gusta nada que me traten como un crío.

 

- Lo siento -dijo-. Puedes echarme una mano si quieres. La verdad es que lo necesito.

 

Se apartó y dejó que yo acarreara todo aquel peso. Si no hubiera sido por ella, habría tirado aquella cosa por el hueco de la escalera.

 

Aún no sé como no me maté al bajar. Sobre todo porque alguno de los peldaños lleva suelto desde que tengo narices y nunca he sabido cuál de ellos es. A cada paso aquello pesaba más y el ascensor no llegaba a la azotea, así que me tendría que chupar dos tramos completitos de escalera hasta llegar a nuestra planta.

 

- ¿Estás cansado? ¿Quieres parar un momento?

 

- No -dije manteniendo la respiración, no fuera que se me escapara la fuerza por la boca.

 

- Como quieras.

 

Saber que estaba detrás de mí, daba vigor a mis brazos y me hacía caminar más recto de lo que tengo por costumbre. Mi traumatólogo dice que sufro una "ligera escoliosis cervical", si me viera ahora le daría un síncope.

 

- Espera. Deja que pase delante.

 

Ya estábamos en nuestro rellano. Dio una graciosa carrerita y se plantó frente a su puerta. No pude evitar imaginar el delicioso bamboleo de sus pechitos al pasar junto a mí.

 

Debía felicitarme, había superado la prueba de obstáculos. Ahora había que dar la talla en otra de resistencia. Ana, igual que mi madre, podría tardar horas en dar con la llave correcta. Las mujeres suelen ser un hacha para ese tipo de cosas.

 

Finalmente entramos.

 

- Pasa. Deja eso por ahí mismo -dijo señalando la mesa de la cocina- Ve al salón y pon la tele si quieres, voy a darme una ducha...

 

- Es que... Yo creo que no...

 

- No se te ocurra marcharte, ¿eh? Eres mi invitado. Tengo refrescos en la nevera, coge uno si te apetece. Yo vuelvo en seguida...

 

Soy de los que suelen estar incómodos en cualquier situación. Siempre me parece que estoy fuera de lugar y que no hago más que un espantoso ridículo. Además, aunque esté solo, no puedo evitar sentirme observado. Es muy desagradable, en serio. Para ser sincero, no veía la hora de volver a mi habitación y despatarrarme en la cama. Echo el cerrojo, pongo la música a tope y desconecto. ¡El paraíso!

 

Al rato salió del baño con la piel brillante, descalza y con una toallita blanca que pretendía, sin el menor éxito, cubrir sus formas. Con otra más pequeña, terminaba de secarse el pelo.

 

- Me alegro de que no te hayas ido.

 

- No iba a hacerlo -mentí-.

 

Se sentó en el sofá, puso un pie sobre la mesa de centro y se pintó las uñas mientras me hablaba. No paraba de parlotear. Me preguntaba cosas, se reía, se respondía ella sola... Yo, mientras tanto, no tenía ojos para otra cosa que no fueran sus piernas. En medio de su conferencia, a veces, las abría algo más de la cuenta (quiero creer que sin intención) y a mí se me salía el corazón por la boca.

 

Hubo un momento exacto en que me pilló. Sentí que toda la sangre de mi cuerpo subía a mi cara y la inflaba como un globo. Ella sonrió con malicia, palpó la abertura de la toalla y, sin taparse, me miró a los ojos. Entonces entreabrió los labios muy lentamente y los acercó a los míos... El resto se lo pueden imaginar.

 

Parece que ya abre los ojos.

 

- ¡Vaya -se limpia la boca con la palma de la mano-, me quedé dormida! No te habrá molestado, ¿verdad cariño? -mira el reloj de la mesa de noche- ¡Qué tarde es ya! Parece mentira cómo corre el tiempo. Debes marcharte, mi marido estará al caer. Si te soy sincera -se desprende de la sábana y se levanta-, no lo hubiera creído de ti, pero te has portado -besa su dedo índice y lo posa en mis labios-. No te preocupes ahora por el dinero, mañana lo arreglamos, ¿vale? ¡Ciao, cielo!

16/10/2008 10:20 Autor: vedovelli. Enlace permanente.

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