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Relatos de Jorge Vedovelli.
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La fábula del hombre que tenía MiedoUn día, hace menos tiempo del que puedas imaginar, conocí a un hombre que tenía miedo. No sabía bien por qué, ni cuál era exactamente el objeto o animal que le producía esa ansiedad. Sólo sentía una aprensión inmensa, constante, que le agarraba por el cuello y no le dejaba respirar ni pensar.
Buscó ayuda en otros hombres, en los libros o en el fondo de los desvanes de las casas más viejas de su barrio, pero fue inútil. Jamás encontró nada que mitigara sus temores y esto hizo que su miedo aumentara y aumentara, sin que fuera capaz de ponerle freno.
Entonces, cuando creía que ya no podría soportarlo, le vino a la cabeza una idea. Tal vez se había equivocado todo este tiempo y en lugar de luchar contra ese enemigo implacable, debía ponerse de su lado, agasajarlo, adorarlo y conseguir en él un amigo, un aliado. Y así fue cómo inventó una ilusión que lo sustituyera en el duro trabajo de ser él mismo; alguien omnipotente, ubicuo, incoloro e insípido. Algo así como un Dios.
Resultaba maravilloso comprobar cómo crecía alimentado por plegarias, pecados y culpas. Su poder era inmenso, al menos hasta donde alcanzaba la vista en su pequeño altar de la solana. Y fue entonces cuando pidió más. No era suficiente con un feligrés, por muy devoto y abnegado que éste fuera. El estómago del Dios necesitaba nuevas oraciones y penitencias con las que alimentarse. Por ello, una mañana muy temprano, se comunicó justo al lado de la oreja derecha de su único creyente.
Hijo mío, dijo con voz poderosa aunque algo hueca, como de falsete. Necesito que alguien más crea en mí. Entiéndeme, no es que tus salves y misas solemnes sean poca cosa, ni que me crea un Dios merecedor de grandes celebraciones, se trata más bien de una cuestión práctica. Tú, aunque fidelísimo, eres sólo uno, y ya se sabe que Iglesia somos todos, a ver, dime, ¿qué pasaría si tú murieras?, por obra mía, naturalmente, dime, ¿qué sería de mí entonces? No, definitivamente eso no es serio. Debes tomar tus bártulos, pocos, eso sí, y en mi nombre evangelizar por esos mundos hasta que consigas un número suficiente de adeptos que, en caso de desgracia, puedan suplirte y hacer suyas tus funciones. Yo creo que es de lo más razonable, y si tú no lo crees da igual: yo te lo ordeno.
Sin embargo, dijo el hombre, hay un problema. No sé cómo debo llamarte. Sin nombre nadie sabrá a quién dirigir sus plegarias. Los demás dioses tienen nombre y es justo que tú, mi Dios, luzcas también uno.
No, respondió el Dios, no quiero que me pongas ningún nombre. Quiero llamarme simplemente Dios, así con un nombre común como nombre propio seré más cierto que esos otros dioses que pueden hacerme competencia. Sólo hay un Dios, y ese soy yo. Además, continuó, ahora que puedes llamarme, deberás hacer que todas las palabras que se dirijan a mí lo sean en mayúsculas, para, de esta forma, equiparar las letras del escriba a la magnitud de mis poderes. Y así se hizo. Cualquier palabra que se refiriera a ÉL, debía ser escrita en letra de carácter superior, ya que al dirigírseLE podía perdérseLE el respeto si se hacía de alguna otra forma inconveniente que pudiera terminar por ofenderLE.
Ahora puedes marcharte, dijo Dios, y mirando SU obra, y viéndola buena, descansó mientras el hombre tomaba la vereda que salía de su barrio y se encaminaba hacia otros lugares donde encontrar quién le escuchase.
Era, se decía, portador de Grandes Nuevas pero, en vista de lo poco que tenía que ofrecer, la mayoría de la gente le daba la espalda, y los que no, simplemente le seguían los pasos un poco por curiosidad y un poco por si acaso, no fuera que, entre tanto charlatán, éste precisamente encerrara en sus palabras el don de la Vida Eterna.
Al principio fue sólo uno, pero en breve legiones de seguidores, espoleados por el engrudo invisible que hace unir una multitud a otra, repetían sus palabras, sacralizaban sus huellas o gritaban su nombre a la entrada de los pueblos, justo antes de que este nuevo profeta cruzara las lindes. Un Dios con semejantes multitudes, devotas y entregadas, necesitaba pruebas de SU poder. No parecía suficiente con las palabras. Los adeptos a otras confesiones murmuraban ya, y dudaban razonablemente de las capacidades de Este Dios advenedizo. Al menos los suyos habían demostrado (no ya por ciertos, sino por viejos) la solidez de sus bases, hechas cuerpo de piedra, en mil templos y catedrales.
Por ello aquel Dios de la Solana tuvo SU primer edificio. Era modesto, sí, pero hermoso y decorado con tal amor espiritual que hasta la cima, coronada por una flor de loto, refulgía y titilaba radiante en todo amanecer y en todo ocaso.
Sin embargo, algo no acababa de encajar. Los más sabios, con el hombre a la cabeza, cavilaron durante días a puerta cerrada con la esperanza de encontrar la piedra que mantuviera en pie el arco de su nueva fe. Y fue entonces cuando Dios habló de nuevo en la oreja derecha del hombre.
Tus pensamientos están CONMIGO, lo sé, es tu deber, pero también debes saber que no sólo un edificio da consistencia a un credo: Necesitáis de MI consejo. Encamínate a lo alto de una palmera. Allí, en la copa, donde las espadas vegetales puedan herir con más saña tus carnes, MI Verdad te será revelada. ¡Levántate y anda!
Y el hombre abandonó a los sabios, abrió las puertas y, entre una multitud contrita, dirigió sus pasos al pie de la palmera señalada. Y se despojó de sus ropajes, y se descalzó de sus sandalias, y salivó con devoción las palmas de sus manos, y colocó un pie en los primeros salientes podados de la palma, y luego el otro, y después las manos, y así ascendió hacia los cielos impulsado por el aliento contenido de los que abajo lo observaban, y llegó a la copa, y apartó las ramas, y entre las espinas que le herían encontró un nido de paloma, y bajo el nido un lienzo, y bajo el lienzo un papiro, y escrito en el papiro en letra mayúscula como correspondía a Dios, SU palabra. Y ella decía:
“Sólo una cosa ME preocupa, que no creáis en MÍ. Si de MÍ apartarais vuestra fe, yo sería un Dios hueco y me desvanecería en la penumbra como cualquier otra ocurrencia de los hombres. Por ello sólo un mandamiento os doy, creed en MÍ sobre todas las cosas. Lo demás os será dado por añadidura.”
Y los hombres acogieron con orgullo aquel verbo, dictaron normas que impidieran su interpretación torticera e inventaron palabras nuevas y sonoras, como Herejía, Apocalipsis o Sacrilegio. Y aprendieron a purificar con el fuego, a desbaratar sediciones, a erradicar toda duda. Los hombres nacían como pergaminos limpios y morían con los garabatos de la fe. Comulgaban con las normas y aprendían a repetir consignas salvadoras. Tuvieron un motivo para verse diferentes, quien no profesara sus creencias no era digno de compartir el mismo aire.
Pero el tiempo pasó y, después de servir durante tantos años a su Dios de Solana, de construirle templos sobrecogedores, estatuas mayestáticas, símbolos universales y piezas únicas de arte sacro, el hombre, aquel individuo empequeñecido por la magnificencia de su Dios inventado, seguía sintiendo miedo. De nada había servido hablar en SU nombre, esclavizar en SU nombre, amenazar en SU nombre, luchar en SU nombre, matar en SU nombre. Seguía teniendo el mismo miedo de siempre, pegajoso, insistente.
Y una mañana despertó. Nada parecía haber cambiado, pero en su mente bullía una idea. ¿Y si olvidaba a ese Dios? ¿Y si estuvo equivocado al realizar sacrificios en su honor? ¿Y si todo aquello no había sido más que una gran pérdida de tiempo? ¿Y si dejara de ser niño y soltara al fin la mano que lo dirigía? ¿Y si de una vez tomaba sus propias decisiones? Entonces se dio cuenta. No temía a la noche, ni a los ruidos, ni a la altura, ni al supuesto caos que seguiría a su impiedad: se temía a sí mismo, tenía miedo de avanzar en plena calle sin la barandilla de su padre y resbalar impotente en la escarcha. Tenía miedo de ser libre.
Su Dios perdió sentido, se disolvió en el recuerdo como una nube en días secos, y comprobó que los cielos no caían, ni la tierra se rasgaba, ni los hombres huían presa de espectros desatados. No ocurrió nada.
Se miró en el espejo y abrió las ventanas. Gritó a los tejados, salió al patio y de allí a plena calle. Compartió su buena nueva, sacudió a los viandantes con la nieve en los tobillos y el vapor de su aliento colgado del bigote. Corría de uno a otro, tomándoles la mano, tirando del abrigo, sonriente, redimido, proclamando su verdad, convenciendo entusiasmado, pero nadie le escuchaba porque su miedo no era suyo… ahora era de ellos. 16/10/2008 10:16 Autor: vedovelli. Enlace permanente. Comentarios » Ir a formulario |