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Relatos de Jorge Vedovelli.

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Camino a casa

Sofía se volvió a mirarlo. Por un momento dejó de ser transparente y ocupó toda su atención. Como es lógico, él había pensado en algo distinto para este primer contacto (que la maestra, doña Elvira, te llame la atención por masticar chicle en clase, no es la mejor manera de conocer a alguien), pero era un comienzo.

 

La mochila siempre pesaba demasiado y el camino a casa, a través de aquella carretera, justo al lado del puesto policial, se hacía eterno bajo el sol de un verano que no acababa de llegar. Sin embargo, parecía que su mente no estaba allí. Le pertenecía a ella. Imaginaba su expresión al mirarlo y el giro de su pelo al volverse de nuevo a la pizarra.

 

Despertó con un inusitado entusiasmo. Hoy era el último día de clase y, aunque a partir de mañana no la vería en el colegio, podrían coincidir en el Parque Central o en el vecindario. Sólo era cuestión de dejarse ver.

 

Casi con desidia, la maestra pasó lista. Los nombres de cada uno eran respondidos por sucesivos y adormilados "¡presente!". Sin embargo, hubo silencio cuando la nombró a ella. Todos miraron a su asiento vacío, pero sólo él sintió pánico.

 

—Temprano comenzó Sofía las vacaciones —murmuró la profesora—. Lo extraño —dijo mientras rebuscaba en el buzón de su taquilla—, es que no me haya dejado ninguna nota...

 

—Señorita —interrumpió uno de los niños—, creo que se le ha caído este papel.

 

—Ya... —dijo mientras leía— Claro... El padre de Sofía adelantó su viaje. Bien, ¿seguimos?

 

"¿Bien?" Aquello era más de lo que pudo soportar. La agitación al respirar se hizo intolerable, el pulso acelerado golpeaba a los lados de su cuello y el sudor de sus manos formaba pequeñas islas de vaho en la formica de su mesa. Se levantó apoyándose en el pupitre, trastabilló torpemente contra una silla, y salió de la clase dando un portazo. ¡Tenía que volver a verla!

 

Corrió y esto le hizo sentirse mejor. El aire, mezclado con el eco de su nombre, le zumbaba en los oídos y un tenue sabor a sangre empapó su paladar.

 

Al final de la calle encontró la casa. Algunos operarios cargaban cajas y muebles en un camión de mudanzas. Detuvo su carrera frente a la puerta abierta. Se dobló sobre sí mismo e intentó recobrar el aliento antes de preguntar por ella. Uno de los obreros lo apartó a un lado con el codo mientras resoplaba llevando una mesilla de noche. El siguiente reparó algo más en él, pero su respuesta fue cualquier cosa menos alentadora: "Lo siento, chico. Aquí ya no hay nadie".

 

Las palabras de aquel hombre le devolvieron a la realidad. Se sintió estúpido, fuera de lugar; esperando un imposible frente a una puerta extraña. ¿Qué diría su madre si lo viera?

 

Decidió huir, correr de nuevo y sentirse vivo. ¿Cuándo la volvería a ver? ¿Representó algo para ella en realidad? ¿Sería capaz de hablarle la próxima vez?

 

No sabía por qué, pero el esfuerzo de la carrera le animó. Sus preguntas, al principio sombrías, dieron lugar, poco a poco, a una esperanza: el verano acabaría pronto y volvería a oler su pelo, a verse reflejado en sus ojos, a imaginar el calor de sus manos...

 

El puesto de control seguía allí, justo a medio camino entre su casa y la escuela. La mochila, como siempre, pesaba demasiado. Dos policías, un hombre y una mujer, conversaban junto a un coche blanco. Los oídos le zumbaban, no era molesto, pero podía sentir con claridad el bullir de la sangre en su cabeza, mayor con cada zancada. La conversación era agradable, a veces la mujer sonreía y se ruborizaba, tapándose la boca. El "click", en otro momento, hubiera sido imperceptible, pero esta vez no. Un gran impacto, como el golpe de una mano gigante, los arrojó a los tres a varios metros de allí, aplastándolos contra una pared. Después fue el fuego y la metralla. Miles de cristales estallaron y se multiplicaron, coloreados por la sangre, el brillo del sol y los trozos de sus cuerpos. Todo terminó por caer: la mochila, las ropas, sus miembros... Después, silencio.

 

Alguien, al otro lado de la calle, apagó un detonador y lo guardó en el bolsillo de su gabán. Se giró satisfecho, y marchó camino a casa.

16/10/2008 10:10 Autor: vedovelli. Enlace permanente.

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