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Relatos de Jorge Vedovelli.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006. LibertadLe pica el pie bajo la escayola. Aún le duelen los ligamentos y se queja. Mi deber es ayudarle. Me sonríe cada vez que le llevo un vaso de limonada o acaricio sus mejillas. Tiene hambre y estoy a punto, distraído, de indicarle dónde está el tarro de las galletas. Suspira en alto, que le oiga. Entonces recuerdo, me levanto y se las doy. Vuelvo a sentarme entre papeles. Me llama. Un cómic. Me sonríe. Es de noche y no se duerme, ahora un cuento. Agua. Que yo se lo lea. Más agua. Me siento en el borde de la cama. No se duerme. Suspira en alto. Tiene miedo. Quiere que lo duerma conmigo. Me sonríe. Apago la luz. Se mueve, da patadas con el yeso. Me refugio en un extremo del colchón. Se ha orinado. Aún no amanece. Lo cambio, lo ducho; tranquilo, no es nada. Me sonríe. Ya es de día. Le duele el pie. Suspira. A mí la espalda. Lo llevo al baño, le lavo la cara, lo ayudo a orinar. Unas gotas. Lo cojo en brazos y lo llevo a la cocina. Pesa. Resoplo deseando que por fin se recupere. Me besa la mejilla y me sonríe. Lo siento en una silla. ¿Qué te apetece comer? De eso no compramos. Suspira con desdén. ¿Quieres pan? Mejor tostadas. El teléfono. Corro. Las tostadas huelen. Equivocado. Se han quemado. Me mira de reojo con la nariz arrugada. Otra cosa de comer. La nevera está vacía. La leche, ácida. Suspira. Se hace tarde. Ya comeremos algo fuera. Primero los dientes, después la cara. No llegamos. Le pica bajo la escayola. ¿Qué toca hoy? ¡Pero si es fiesta! No habrá descanso. Suspira. Se aburre. No le gustan los dibujos. ¿Una peli? He de terminar con el trabajo. Hay tarea. Tiene mocos. ¿Cuándo es el examen? Lo sueno. Busco el de mates en su bolsa. Me mancho. ¿Salgo a por pan? Uso una servilleta. Hay rayones en el libro; ya sabes lo que pienso de eso. No debo dejarlo solo. Tengo hambre. ¿Qué hay que preguntarte? ¿Todo eso? Quiero darme una ducha. Hazlo tú solo. Me duele la cabeza. Suspira. ¿Qué no entiendes? Busco una aspirina. Lo pone en la lección, léela primero. Están caducadas. ¿Suspiraría si yo no estuviera? No hace efervescencia. La mastico. Sabe a rayos. La escupo. Eso tenías que saberlo, esfuérzate en pensar. Abro el agua. Suspira. ¡Ya voy! Busco unas toallas. Están mojadas. ¿Dónde pone mamá la ropa seca? Yo tampoco lo sé. Suspira. Ocho por ocho no es setenta y uno. Borra eso. Huelen a humedad. No arrugues la hoja. Cojo dos y vuelvo al baño. ¡Esa letra! Ahora no puedo. El agua sale fría. ¡No te oigo! Suspira. Ya voy, espera. ¿Qué haces en el suelo? El lápiz. Yo podía haberlo recogido. Llora y me mira enfadado. Las pestañas se le pegan. Lo recojo. Me llena el hombro de lágrimas y mocos. Esta incómodo. Lo llevo al baño. Lo sueno otra vez. Tiene hipo. ¿Cuándo viene mamá? Me golpea. No sonríe. Suspira. Lo llevo en brazos al salón. ¿Qué he hecho mal? Tiene sed. Se golpea la escayola. No hagas eso. ¿Ves? Ya está blanda. No me habla. ¿Qué hago ahora? El teléfono. No es su madre. Equivocado. Más mocos. Échalos en el pañuelo. Me quita la cara. Más fuerte; mira que me enfado. Me voy. Ahora los suelta adrede y se limpia con la manga. Suspira. Le quito la camisa. Demasiado fuerte. Llora. Soy un bruto. Me odia. Preparo la bañera. El agua sigue fría. Pongo la tapa. No me habla. Me da la espalda. Salgo al patio. Ahora me llama. ¡Ya voy! Suspira. No quiere estar solo. La puertita esta trancada. Vuelve a llamarme. La abro. La bombona está vacía. Insiste. ¡Que ya voy! Llego al baño. El agua se derrama. Corro a la llave. Me deslizo. Doy contra el bidet. Siento frío. No me muevo. El me mira y sonríe. Suspira y sonríe. ¡Entonces, aire!Apoyaba su brazo en el muro como un ave herida, abandonado a las náuseas, dolorido. Su cabeza, ya cana, se escondía perdida entre los pliegues de su traje. Cuello almidonado, gemelos y botines. La acera frente a él drenaba el resultado de su última arcada, extendiendo un olor ácido que llegaba hasta mi esquina.
Creo que fue entonces cuando aparecieron aquellos jóvenes. Resortes contraídos. El anciano llamó su atención como el aleteo de un pez enfermo lo hace con los tiburones. Se acercaron entre bromas. Cediéndose unos a otros el privilegio del tanteo. Y hubo un contacto. Alguien le metió la mano en el bolsillo para extraer un pellejo vacío de riquezas. Siguió un empujón senil, fortuito. Espasmos de la presa acorralada tomados como hostiles. La ira fluyó entre zarandeos, risas nerviosas y empellones. Crueldad del corro. Impunidad de la penumbra. Orgía. Palabras de culpa que estallan en su oído. Odio en las narices arrugadas. Palmas abiertas, luego puños. Anteojos rotos. Ropas desgarradas. Equilibrio precario hasta llegar al suelo. Lágrimas, toses y patadas. Rebozado en vómitos y sangre. Sin familia, sin socorro, sólo un pelele al vaivén de la marea. Crujido de huesos, derrames internos, orina y espuma. Pilatos escudándose en el grupo. Olor a miedo. Risas. Lamento. Placer. Frenesí.
Uno de ellos reparó en mí y se acercó:
-¿Y tú qué coño pintas?
-Yo… nada -respondí.
-¡Entonces, aire! Una imagen, Mil palabras![]() Asomado al desagüe, Ernesto vio al fin cumplido su deseo. Sin duda, aquello sería lo más parecido a estar cerca del mar.
Después del hongo, vino la calma. Cuando nos dijeron que al detonar sólo quedarían las cosas, nadie lo tomó en serio.
Mi madre era muy literal con sus emociones: realmente se deshizo en lágrimas.
La invasión volvió a fracasar. Fue mala idea diseñar ovnis-paraguas sin contar con el mal tiempo de La Tierra.
Gentil, quise recoger el paraguas de la chica, pero entonces recordé que sólo podía pisar las baldosas blancas.
La impaciencia hizo salir antes de tiempo al muñeco de nieve.
El niño del paraguas pardo saltaba riendo en cada charco, hasta que la alcantarilla, abierta, vengó las heridas del agua.
"Sólo son cuatro gotas", debieron pensar antes del diluvio.
Tenía tanto miedo a cruzarse con su mirada, que prefería mantenerla fija en los charcos.
Fotografiaba todo cuanto le parecía extraordinario sin calmar su anhelo. No sabía que la belleza le aguardaba en casa. |