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Relatos de Jorge Vedovelli.
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Asociaciones SecretasCucaracha - Lealtad
Desde que lo vi –llevaba aquella corbata azul que tan poco le favorecía–, Raúl me pareció un cerdo. Bueno, más que un cerdo, una cucaracha. Por lo arrastrado, por lo mezquino, por alevoso y por nocturno. Raúl era uno de esos tipos siempre dispuesto a correr un poco más que tú –y yo corro mucho–, para abrirle la puerta al director. Sé que es más propio de un caracol, pero el reguero de babas que dejaba al andar era la pesadilla de las filipinas que limpiaban. Siempre con el café a punto, las llaves en la boca y un cepillo en cada mano: todo sea por el jefe. Y lo gracioso es que no era muy distinto a mí antes de que llegara. Sólo que yo era más serio con los viejos. Yo respetaba el rango y no interfería en el trabajo de mis antecesores. Cada uno conocía el hueco infecto que ocupaba y observaba las normas implícitas de nuestra reptiliana actividad. Sin embargo, este advenedizo reventó el orden, una estructura concienzudamente edificada y pensada para durar más allá de las jubilaciones y las bajas.
Pero sucedió lo inconcebible. La adversidad nos hizo unir fuerzas, caminar juntos por la senda de la reconquista, erigirnos como paladines del peloteo y conspirar contra el intruso. El subdirector ejecutivo con el jefe de planta, la asesora con el secretario de marketing, el bedel con la asistenta. Y lo acorralamos. Usamos como armas maletines y pisapapeles, palos de escoba y percheros. Pintamos nuestros rostros con el toner de las maquinas y tatuamos nuestras frentes con sellos de "pagado". Lo atamos y amordazamos obligándole a tragar facturas. Lo subimos a su escritorio y, pasando una cinta de impresora vieja por las aspas del ventilador de techo, lo colgamos por el cuello hasta morir.
Aún tengo que limpiarme la boca cuando lo recuerdo. Ese aprendió, aunque tarde, la lealtad que también exige ser lameculos.
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Madre - Metal
El monito tenía todo lo que necesitaba: pechos artificiales que administraban leche nutritiva, un ambiente estable con una humedad y temperatura idónea, música relajante y juguetes mecánicos. Pero cuando el investigador golpeó la mesa, ocurrió algo imprevisto. El espécimen no corrió a los brazos metálicos del robot, por el contrario, se refugió entre los restos secos de lo que una vez fueron las pieles de su madre biológica. Curiosa reacción.
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Águila- Locura
Señor, sólo puedo hablar sobre lo que vi. El instructor, mi compañero, trataba con dureza al recluta. En más de una ocasión lo denuncié. Hay informes que ratifican mis palabras. Al principio creímos que sólo era una técnica de despersonalización, de las mismas que aplicamos a todos los novatos, pero... ¡Demonios, señor! ¡El sargento se estaba ensañando con aquel muchacho! A nadie le podía extrañar que todo acabara así. Tenía que haberlo visto, señor. Y todo por un tatuaje. Ya sabemos que el águila en el brazo es la insignia de la legión, pero quien iba a imaginar que el sargento se abalanzara sobre el chico e intentara arrancársela de la piel a dentelladas. 07/03/2006 00:14 Autor: vedovelli. Enlace permanente. Comentarios » Ir a formulario |