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Relatos de Jorge Vedovelli.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2005. Una extraña sensaciónJusto al girar la esquina, me la pillé de frente. "¡Vaya, la Isabel! –pensé– ¡Y yo en chándal, con lo negra que se ponía con eso...!" Parece mentira la cantidad de cosas que uno es capaz de procesar en un nanosegundo. ¡Es acojonante!
–¡Hola, Pepe! Dichosos los ojos –puso la mano en mi hombro como con sorpresa (supongo que esta vez no pudo disimular) y casi de inmediato me miró de arriba a abajo–. ¿Vas al Pryca?
–No, qué va. Iba a tirar la basura. Lo que pasa es que tengo el smoking en el tinte.
Ignoró el sarcasmo y siguió a lo suyo.
–¿Conoces a Juan? Es mi nuevo novio –hizo un arrumaco al tal Juan y se colgó de su brazo–. Y tú, ¿sigues con...? ¿Cómo se llamaba esa chica…? ¿Sigues con la gordita aquella?
Tal vez son cosas mías, pero en aquel momento me dieron ganas de mandarla a la mierda. El caso es que, no fuera que el maromo aquel dejara de posar y decidiera hacer un movimiento agresivo, pensé que lo mejor era dejarlo correr. No me gusta abusar de los desconocidos.
–¿Has dejado el gimnasio, no? –continuó la “hijaputa”– Hace tiempo que no te veo por allí –pareció aflojar un poco–. La verdad es que no me extraña –pero era una falsa alarma–. Han subido la cuota y con tu trabajo, pues... –había cogido presa y no la soltaba– Sigues en aquello, ¿no?
–¿Te refieres a la oficina?
–Sí, eso. ¿Sabes, Juan? –dijo dirigiéndose al fulano– Aquí Pepe trabaja en una de esas oficinas del centro –el tío dejó de mirarle el culo a una rubia e hizo como que se interesaba–. El pobre se pasa el día en esas cuatro paredes y así está –me señaló con el dedo y torció la boca–, todo blanquito como el mismísimo Drácula.
–Sí, bueno... Me tengo que marchar... Ya sabes, el camión y todo eso.
–¡Es verdad, qué tarde es! Precisamente nosotros nos íbamos al bingo –rió como una idiota–. ¡A tirar la casa por la ventana! ¿Ya no vas al bingo?
–No, yo...
–Sí, hijo, sí. Lo mejor que haces. No está el horno para muchas cosas –volvió a reír, la hiena–. Oye, pues me alegro de volver a verte –mintió a la vez que me daba dos besos falsísimos– ¿Tienes mi “imail”? Yo ya no sé qué haría sin el “internés” ese. ¿No te parece increíble?
–Sí, de fábula –el tío parecía de cera–. Bueno, tú sabes que la informática y yo...
–¡Ya, qué me vas a contar! Fueron muchos años aguantándote… Pero, hazme caso hombre, debes modernizarte. ¿No nos ves a nosotros? Pues eso... –miró el reloj como si tuviera una rata enroscada en la muñeca y dio uno de sus grititos, siempre fue así de exagerada– ¡Oye, que adiós, guapísimo! Otro día nos vemos, ¿vale, cielo?
–Sí, sí. Estoy impaciente.
–Y dale saludos a... bueno, a la gordita.
–Sí, “de tus partes”, bonita.
Esperé a que terminaran de alejarse y me quedé un rato allí de pie, en la esquina, con mi chándal del Pryca y mi bolsa de basura. Fui al contenedor y abrí de golpe la tapa. El cacharro ya estaba medio cojo y yo lo acabé de rematar. El caso es que se desparramó toda la mierda por la acera y, al intentar ponerlo derecho, rompí mi propia bolsa. Entonces estallé: –¿Sabes lo que te digo? ¡Que te den por culo a ti, al Juan y al maricón del barrendero! 04/11/2005 22:51 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. RebeliónDesde la esquina de la calle no cesaban los lamentos de aquella muchacha. Lo curioso es que, a pesar de la cantidad de gente, nadie movió un dedo para socorrerla. Vulgar. Átomo a átomo, giro a giro, la rosca del tornillo acabó por ceder al traqueteo. Los viajeros, ajenos, continuaban con sus pláticas y sus ocupaciones. Pero el tornillo cayó y la rueda que sostenía perdió estabilidad y salió despedida. El resto parecía inevitable. Intrascendente. Emilio Paulo nacía cada noche exactamente a las tres y veinticinco de la mañana. No era un decir, ni un convencionalismo. Realmente nacía con todo lo que eso llevaba parejo: las roturas de aguas, las contracciones, la extracción de las placentas y, a veces, incluso, alguna cesárea. Ridículo. La luz de la vela me hizo descubrir en ti a otra persona. No había tele ni otro tipo de distracciones. Estabas tú frente a mí. Sencillamente. Sin otro efecto especial que el movimiento de las sombras en tu rostro y el brillo, oculto hasta ahora, de tus ojos. Cursi. Mi cuerpo tiene forma de pera. Esto que para todo el mundo es evidente, no lo fue para mí hasta aquella mañana en que descubrí a una niña riéndose a escondidas mientras me miraba. "¿De qué te ríes, niña?" Le pregunté. "Tienes forma de pera", contestó, y sus palabras resonaron desde entonces mil veces en mi cabeza: "Tienes forma de pera… forma de pera…” Trillado. El alumno consiguió pintar su cuadro más perfecto. Hasta entonces no había destacado mucho, pero sin duda, desde que este lienzo viera la luz, su vida daría un giro. Sin embargo, decidió que ya no más en el mismo instante en que el artista pasó frente a su obra con una ceja arqueada y una honda expresión de hastío. Pueril. El esfuerzo sobre su rodilla acabó por pasar factura. Desde hacía varios meses, después de aquella caída tonta, sufría constantes dolores en la pierna. Pero no les hizo caso entonces y ahora ya era tarde. Sólo había un apoyo firme en la roca y la única extremidad con la que podía evitar la caída, era esa maldita pierna que colgaba inerte en el vacío. Pretencioso. Junto al lago, la casa de madera parecía el refugio más acogedor que habían visto nunca. El fin de semana se presentaba pleno, prometedor. ¿Por qué tuvo que fijarse en aquella tierra removida, en aquellas ramas secas mal disimuladas? Artificioso. Ninguna palabra fue suficiente para calmar su ansia. Estaba en medio del proceso. Nariz ardiente entre pintadas y papel de baño rosa. Todos lo sabían pero lo vieron desde fuera. Y eso, ya se sabe, no es lo mismo. Insuficiente. Mi padre, Ernesto Gandía, rió por última vez aquella misma tarde. Nadie daba ya un duro por él. Los ojos de aquella mujer vengativa marcaron su destino con un hierro del que ni siquiera él logró escapar. Insulso. Limpió la espada en las ropas del vampiro. ¡Pobre idiota! Desconocía por completo las reglas del buen cazador. La mente del vampiro, como la del asesino, se escapaba a sus patéticas aspiraciones. Fantasioso. "¡A penitas!" le repetían sin cesar persiguiéndolo por todo el patio durante los recreos. "¡A penitas!", decían con las manos extendidas en una súplica atormentada. Peregrino. Como cada mañana, la armónica del afilador le despertó. Cuando niño había sentido miedo de ese ruido, pero al ver que sangraba y que sus tripas sabían como las de cualquier otro humano, sus temores se aplacaron. Atroz. Los pellizcaba para oírlos llorar. Había quien se emocionaba con Mozart o Vivaldi. Él lo hacía con el coro interminable del llanto de recién nacidos. Insano. La vio subir al autobús, y las vio a todas. Su sonrisa era la de todas. El cuidado al caminar, el de todas. Era de todas su mirada desviada y también su saludar quedo. Ella eran todas. Pero él era demasiado viejo, demasiado feo, demasiado pobre o demasiado necio para todas. También para ella. Misógino. Al despertar descubrió un peso menos. Se tentó el pijama, se miró al espejo y sólo entonces intuyó que por fin era adulto, que era responsable de sus actos, que no necesitaba un guía. Se vistió, abrió la puerta y, despidiéndose del dios de sus ancestros, marchó por el camino solo, sin más compañía que sus propios pensamientos. Impío. Era una brizna en la cuneta. Una hierbita insignificante que debía su vida a la generosidad inconsciente de quien por allí pasara. Estaba al margen del camino, pero a pesar de todos, existía. Simple, escandaloso, parco, aburrido, patético... Querido lector: Si usted desea grandes novedades, originalidades y talentos sin límite, haga el favor de hacérselos usted mismo. Sepa que los mediocres sin futuro, por desgracia, no damos para más. 10/11/2005 20:00 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Dices mi nombreReflejos azules en tu rostro, que se aleja. Ojos pardos que suplican en silencio. Tus manos golpean los cristales. Yo he salido pero tú estás dentro. Sola.
Nos separa una puerta inútil, sin sentido. Lucho por quebrarla pero el agua me hace torpe. Mis gritos se pierden en burbujas que escapan hacia el aire.
La dicha de una madrugada compartida a sus espaldas. Inconsciencia y riesgo. Frenesí y deseo. Hierros, rocas, vacío y agua.
Una noche, una vida. Después sólo cabe declinar. Lo sé, tú también lo comprendiste.
La lucha abre paso a la conciencia. Abrazo el marco y te sonrío. Tu boca se resigna y busca la mía tras el muro. Noto tu calor y el sabor dulce de tu aliento. Juntamos nuestras manos que presionan blancas el cristal. Separadas y unidas para siempre.
La oscuridad azul nos cubre. Apenas te distingo acurrucada. Matriz artificial. Te meces y sonríes. Cierras los ojos y susurras. Puedo oírte sin palabras. Tus labios, lentamente, repiten mi nombre. 21/11/2005 00:28 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. La Aguja de EsconderLa gente solía pensar que Ismael era un poco tonto. No tonto de arrogante o engreído, sino más bien tonto de memo, de babieca.
Era de esos tipos que saludan a todo el mundo por la calle y que te miran a los ojos cuando hablan. De esos que tratan de usted hasta a los niños en el parque, o que piden todas las cosas por favor. A Ismael le gustaba jugar con muñecas y, a pesar de su edad, no había perdido la costumbre de chuparse el dedo.
Yo lo conocí como se conoce a la gente extraordinaria: por pura casualidad. Paseaba a mi perro por una de las veredas que dan al bosque cuando, entre unos arbustos, creí oír cómo alguien lloraba. Me acerqué y descubrí a un hombre moreno, de unos cuarenta años que, con un dedo en la boca, señalaba con la otra mano hacia el suelo.
-Señor -me dijo moqueando y con un par de lagrimones en las mejillas-, he perdido mi aguja. ¿Puede ayudarme a encontrarla?
Aquella petición, he de admitirlo, me resultó chocante dicha así, de pronto. Pero el rostro sincero y la profunda tristeza con que me miró, lograron desvanecer mis recelos.
Le di uno de mis pañuelos de papel y al poco de tentar el terreno con las manos, descubrí el brillo plateado de su aguja.
-Mira -le dije mostrando el trofeo-, aquí la tienes.
Ismael cambió de cara. Se secó las lágrimas con una manga, y entre risas y saltos, me arrebató el utensilio de las manos.
-¡Mi aguja de esconder! -repetía- ¡He encontrado mi aguja de esconder!
Pasaron varias semanas hasta que una pausa en mis ocupaciones me permitió volver por aquella vereda. Ismael no estaba. Aún así, me acerqué tras el arbusto y sonreí con el recuerdo de aquel hombretón y su aguja.
-Yo no la usaré nunca con usted -me dijo apareciendo tras un árbol-. Es sólo para la gente mala. Ellos se burlan de mí y yo desaparezco tras mi aguja de esconder.
Y era cierto. Cada vez que oía un ruido fuerte, o le miraban con dureza, o notaba risitas a su espalda; Ismael se destrababa la aguja de la solapa y, encogiéndose, hacía como que se ocultaba tras ella. Esta actitud, es lógico, sólo conseguía acrecentar las burlas, hasta que, cuando ya eran insoportables, Ismael se levantaba y salía corriendo hacia su casa.
Yo nunca creí lo que la gente decía de él. Ni siquiera aquel último día que alguien lo vio. Cuentan que tropezó en la acera y se le escapó de las manos el helado que acababa de comprar. Entonces sólo se le ocurrió agacharse y rellenar el cucurucho vacío con la crema desparramada. Todos lo vieron y se acercaron para disfrutar del espectáculo. Un corro de caras burlonas se cernía sobre él señalándolo y riéndose. Nadie dijo su nombre, nadie le consoló, era sólo un estúpido tirado en la acera.
Y él, como siempre, destrabó su aguja y, encogido, se escondió tras ella. Todos lo buscaron durante días. Unos en la plaza, otros en el parque, yo mismo lo busqué tras el arbusto en la vereda del bosque. Quizá añorábamos sus saludos, o la manera que tenía de mirarte cuando hablaba. Tal vez buscábamos sus muñecas o el “por favor” con que pedía cada cosa. Simplemente usó su aguja de esconder y desapareció. Cuando volví, al poco de tentar el suelo la encontré y, desde entonces, su aguja de esconder pende de mi solapa. 22/11/2005 15:10 Enlace permanente. Hay 1 comentario. |