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Relatos de Jorge Vedovelli.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2005. Desde un Sueño¿Quién es esa figura grotesca del espejo? Todo es indistinto, apenas puedo abrir los ojos, pero los siento a mi espalda. Oigo sus pasos, huelo su aliento. El fango se apodera de mis pies y se transforma en garras que me arrastran hacia atrás. Huyo. No para de hablarme. Sé que miente. Dice que me quiere y llora. Era mi vida: yo me había abierto a ella, vulnerable. Ya no más. He conseguido mirar por encima de mi hombro. Siluetas deformes, tan reales, tan fugaces. Me llaman, tiran de mí, me invaden. ¿Esto qué es? ¿Cómo puedes explicarlo? Me mira con ojos vidriosos, rotos por el llanto. No hay nada que explicar; no sabes cómo me siento; nunca lo has sabido, y ahora me acosas. Calla, no quiero oír más. Mírame a los ojos y entérate: ya tengo lo que buscaba; él me entiende y me da lo que tú siempre me has negado. Los tengo encima. Se apoderan de mis sentidos, estiran mi mente, me controlan. No quiero hacerlo. ¡Salid de mí! Renuncia. Busco en la gaveta. Ruido de cubiertos que caen. El filo duro se hunde con facilidad. Me sorprende, me horroriza… me agrada. Mis manos, ajenas, gotean sangre en el lavabo. ¿Quién es esa figura grotesca del espejo? 08/03/2005 15:54 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. La PuertaEn cuanto deje de llover, entraré y lo mataré. Una puerta chirría y se cierra de golpe. No hay rabia en mí, tal vez ni siquiera indiferencia. Es mi trabajo. Para eso me pagan, y lo hacen bien. La puerta chirría y golpea de nuevo. No sé su nombre ni su aspecto físico. Sólo sé que está ahí dentro, esperándome. Después del aviso hice mis propias averiguaciones. No pudieron ocultar que otros como yo lo intentaron antes, pero no lo consiguieron. Por eso estoy yo aquí. ¿Soy el último, o quizás el siguiente? En cuanto deje de llover, entraré y lo mataré. Chirrido. Golpe. Colgado del retrovisor se mece un rosario. El sol le ha hecho perder su color, pero me gusta. Lo conservo ahí más por superstición que por fe. No creo que llegado el momento me libre de una bala que lleve grabado mi nombre. La espera se estira y acomoda como una parte de mi. Ya no miro el reloj: el ritmo de los truenos marca el tiempo. ¿Quién será? ¿Tendrá familia? ¿Alguien llorará por él cuando muera? ¿Morirá? En cuanto deje de llover, entraré y lo mataré. Chirrido. Golpe. Aunque me apetece, sé que no puedo encender este cigarro. Jugueteo con él dentro del bolsillo. Se deshace. Luego tendré que dar la vuelta al forro. La lluvia arrecia. Respiro hondo y me acomodo en el asiento. ¡Qué demonios! Me acerco el cigarro a la boca. Aprieto el encendedor y espero. La puerta chirría y golpea al otro lado, detrás la lluvia. Su gemido me recuerda a él, a mi padre. Salió sin despedirse, sin mirar atrás, como hacía siempre. El crujido de un arma al cargar, el disparo y la masa de su cuerpo contra el suelo. Eso fue todo. Eso nos libró de él. El chirrido de la puerta tras la lluvia. Golpe. Tal vez por eso no bebo, por las palizas, por los huesos rotos, por madre. Lo hubiera matado mil veces. No me atreví. Aquella puerta, como esta, se abre y golpea. Nos abrazamos. Ya está aquí. No papa, la vas a matar, déjala. La puerta chirría. Ha dejado de llover. No hay golpe. Pasos. Me mira al otro lado de mi ventanilla. Salta el encendedor. ¡Mi revolver! El crujido de su arma al cargar. Un disparo. 08/03/2005 15:55 Enlace permanente. Hay 1 comentario. Autopista sin PeajeEs como si tuviera por dentro una autopista sin peaje, como si mis venas tuvieran vida propia y se desbocaran contra mi voluntad. Un sol, miles de soles, se agolpan y arrebujan bajo mi piel, pugnando por hacerla reventar, por abrir paso al tropel desordenado de emociones que me invaden. Y lo curioso es que en otras circunstancias nada de esto me pasa. Tú me conoces desde niños y sabes que no miento. La verdad es que me llego a sentir ridículo, pero, cuando ella llega, no puedo desprenderme de esta sensación de rubor. 08/03/2005 15:55 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Azul¿Me preguntas qué es el azul, amor mío? Es una mirada de reojo, una sonrisa tras la mano, una nota arrugada en el recreo. Es mi primera palabra atropellada, palmas húmedas, olor a ketchup y refresco. El tacto de la hierba entre tus dedos, el sol que ilumina nuestros pies descalzos en el campus, leer a Becker cabeza con cabeza, mirar tus ojos quietos, entornados. Azul fue nuestro lecho, lleno de miedos y rubores. Azul, mis celos, tus reproches, mis abrazos, tus caricias. Azul es la alegría y el deseo de compartir junto a ti toda una vida, de sentirme parte tuya, de explorar curiosos nuevos días. Azul es ver a nuestros hijos partir de nuestro lado, olvidarse de nosotros, construirse sin palabras. Azul es el tiempo que nos queda, una mirada atrás, soledad compartida, errores y añoranzas. Azul es tu pregunta, mi sorpresa y la curiosidad eterna, de ojos abiertos y mente de niño que nunca te abandona. Azul es cruzar la calle con ayuda, una mano bajo el brazo, dar las gracias y seguir entre la lluvia hasta el portal de nuestra casa. 08/03/2005 15:56 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. ColecciónDicen que recuerdas mejor la primera vez que te ocurre algo. Con el tiempo he acabado por creerlo. Aquella fue la primera vez que me ocurrió, la primera de muchas. Fue la primera vez que reparé con lascivia en las manos de otra mujer. La situación era bastante vulgar, como casi todas las que acaban por representar algo en la vida. Ella era la madre de uno de los compañeros de clase de mi hija y ambas aguardábamos a los niños a la salida. Yo charlaba de alguna estupidez con alguien, y el mundo se detuvo. No me había dado cuenta hasta entonces de sus manos, pero el sonido de unas pulseras me despertó de esa mal llamada realidad para transportarme a un nuevo sendero que jamás había hoyado, arrastrada por la cadencia de un movimiento serpentino, por el tintineo metálico de los abalorios, por la belleza primitiva de la carne. Admiré la finura de sus dedos, la extensión de sus uñas, los pliegues de su piel. Las imaginé tomándolas entre las mías, acariciándolas, besándolas, oliéndolas; recorriéndome, rozándome, clavándose en mí. El tirón impaciente de Ana en mi falda volvió a dormirme en la realidad. Para una mujer es fácil acercarse a otra, buscar la ocasión, hallar el pretexto. Un trabajo de los niños, una excursión, ¿qué más da? De su rostro, su risa, sus gritos, ya no queda nada en mi memoria. Sólo sus manos la ocupan por completo. La verdad es que eso no es difícil. Puedo verlas cuando quiera. Si no me equivoco, aún conservo ese par de manos concreto en el primer estante del congelador. 08/03/2005 15:56 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Cuando VuelvaEsperar por ella, eso es lo único que hago. Sentado en el jardín miro de reojo mi reloj y barro cada hoja que cae, retoco cada rama, enderezo cada tallo. Todo debe estar perfecto cuando vuelva. Con la mirada limpia y una nueva sonrisa en sus labios me dirá sin palabras que no ha sido en vano. Ya no debe tardar. Ella prometió volver y cuando lo haga empezaremos de nuevo, abriremos juntos sendas olvidadas, recordaremos el olor de la tierra húmeda cuando paseábamos bajo un mismo paraguas, sentiremos en el rostro el calor de un sol distinto cada amanecer. Cuando regrese haremos todas aquellas cosas sencillas que un día prometí y nunca hicimos. Fuera llueve. Las flores del jardín se han marchitado. Cada noche las cubre la escarcha y mis manos, ahora nudosas y ateridas, intentan devolverles algo de color. A veces lo consigo. Esperar por ella es lo único que hago. ¿Que más puede haber a mi alrededor salvo ella? Algún día comprenderá y dejará su trabajo, abandonará su casa, a sus hijos, a él y vendrá de nuevo a mí y yo, como siempre, la estaré esperando aquí, sentado en mi jardín. 08/03/2005 15:57 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. DistanciaCuando quise darme cuenta, ya corría una lágrima por su mejilla. ¿Por qué será tan sensible? ¿Por qué estará siempre tan cerca del abismo? Antes todo era más sencillo: una mirada, una sonrisa bastaban para acercarnos aunque hubiera gente entre nosotros. Éramos cómplices, de cosas menudas, intrascendentes, pero nuestras. Ahora tan solo hablar es toda una tragedia. Sus ojos ya no son míos, ni sus labios. Se muestran duros ante mí y me rechazan, lloran y me culpan. Su regreso a casa cada día, respira un eterno reproche. Amargo, hiriente. Yo me desespero y actúo con mis armas, para contemplar impotente como se deshacen, simples piedras y palos frente a su hermética coraza. Nadie nace con un manual de instrucciones bajo el brazo. ¿Sabe alguien qué debo hacer? ¿Quién puede enseñarme a ser padre? 08/03/2005 15:58 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. El Túnel de mis DeseosLa saliva me ahoga, duele al tragar. Aún lo siento sobre mí, aplastándome con su peso. Me llega el olor de nuestro patio, antes amable, me invita a escapar pero no puedo. Primero fue una sonrisa, luego blanda presión. Busqué mi espacio, me retiré aún sabiendo que era inútil, pero me arrinconó. Se mostró a las claras en la penumbra de aquel zaguán. La calle despierta, los sonidos de cada mañana me saludan, ahora son ajenos. Se burlan. Quise evitarlo, pero el imán de sus ojos acalló mis recelos. Sed. Dolor, frío y sed. Ahora que no está, que se ha desvanecido antes de la luz, una llamada detrás del túnel de mis deseos exige más. Un fluido viscoso se derrama por mi cuello. Resbala con dificultad dibujando el contorno de mi piel. La certeza de su esencia me da vida, hace renacer en mí un anhelo que creía extinto, vencido, olvidado en la rutina de mi nueva vida. Reconozco su sabor. Aún palpita sobre mi lengua. Sangre. Vuelvo a desearla. Sed. Pero ahora no, debo seguir su ejemplo, ocultarme de la luz y despertar en busca de nuevo ganado. 08/03/2005 15:58 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. FríoComo siempre, llegué tarde. "Hola", saludé al infinito y sólo obtuve miradas duras hasta que apoyé mi hombro en una esquina, luego perdí su interés y volvieron a las caras del suelo, los letreros de las paredes o al niño de llanto eterno. Algunas viejas abanicaban con recetas los trozos de piel desnuda que sus hábitos aún dejaban al descubierto. Sobre ellas, sucio e inservible, colgaba un ventilador detenido como el fotograma de una película en pausa. De expresión seca, párpados cerrados, sus hombres contenían el deseo de limpiar las gotas de sudor que mezclaban sal y mugre entre las arrugas de su frente. La fiebre me arrastraba. Sentía, casi desde fuera y con curiosidad científica, cómo desconectaba cada órgano, cada recuerdo, distorsionando mis sentidos al tiempo que sumía mi conciencia en un sopor agradecido. Recuerdo un leve gemir, una ligera expresión que lanzar al mundo en busca de socorro. Pero no lo obtuve. Sólo miradas de reojo y silencios. Alguien, con desconsiderada rudeza, abrió una puerta, prosiguió un comentario a medio terminar y rió cómplice con el fantasma que quedó en la habitación. Cuando volvió su rostro hacia nosotros ya no reía. "¿Torres, Raimundo? ¿De Andrés, Ángela? Pase. No, por ahora nadie más. Ya lo llamaré cuando sea su turno". La figura blanca volvió a sus comentarios y sus risas detrás de un nuevo portazo. Un grupo de moscas se burlaba con vuelos en zig-zag de las telas de araña que nuestra respiración mecía levemente en los rincones. A veces se unían en una corta danza pugilística, otras se cruzaban con aparente indolencia. Mantenían su espacio, se perseguían, vivían. Entonces rompí la convención, mi biología se saltó las normas, el orden establecido y las leyes tácitas sólo aplicables dentro de aquel recinto y sólo para los que allí estábamos. Alcancé mi límite y caí. Ninguna mano se tendió, nadie hizo ademán de amortiguar el golpe, ningún reflejo de auxilio, ningún murmullo de sorpresa. En su lugar, miradas cargadas de reproche e indiferencia. Cuando desperté no había nadie junto a mí. Sólo la acogedora y eficiente calidez de las máquinas que me mantenían con vida. 08/03/2005 15:59 Enlace permanente. Hay 2 comentarios. Inquietud¿Cuántas balas quedarán en el cargador? Mil veces me hago la pregunta y mil veces quedo sin respuesta. El ladrido de los perros en la niebla se acerca. Uno, dos, tres disparos. Corro entre los matorrales. Caigo, vuelvo a levantarme y caigo de nuevo. Casi siento su aliento en mis piernas. Cuatro, cinco, seis. No debo seguir disparando. Maldita sea, ¿cuántas balas me quedan? Los ladridos y las voces se acercan. Ya están aquí mismo. Siete, ocho, un aullido de dolor. ¡Le he dado a uno! Nueve... no hay diez. El sonido burlón del percutor en el metal contrasta con el silencio que me rodea. Nada. Me acurruco junto a unas raíces y aprieto la pistola contra mi pecho. Nada. Abro los ojos cuanto puedo pero la niebla es demasiado densa. Nada. La sangre golpea mi cabeza, no puedo pensar con claridad. Intento levantarme a trompicones pero me detiene en seco el frío de un cañón en mi cuello. - Tira el arma, muchacho. 10/03/2005 12:34 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Miedo“Gracknar, espada en mano, arremetió contra aquella inmunda masa de orcos que impedían su huida.” Estás tranquilo. Estás tranquilo. Ánimo, ya vas por el segundo piso. Lo ves, te ha servido. El recuerdo de sus lecturas te ayuda como a un indio su amuleto. Estás tranquilo. Aún no te sudan las manos, ni siquiera respiras más rápido. Estás tranquilo. “La sangre salpicaba su cara con cada mandoble y eso pareció enardecerlo. Había oído hablar de la furia berserker, siempre creyó que era cosa de magia, pero ahora él la sentía.” Segundo piso. El cliente está en el cuarto. Sólo quedan unos cuantos escalones más y la anestesia de los convencionalismos devorará por fin estos fantasmas. Sabes que vas a pasar por ellos, como siempre piensas en otra cosa, pero sabes que es inevitable. Aquí de nada sirven las clases de relajación, ni las racionalidades. Los tienes de frente y no puedes huir. ¿Qué le dirías a tu cliente si lo hicieras? ¿Vas a dejar de firmar ese contrato por esta tontería? ¿Lo vas a invitar a un cortado en la cafetería de abajo porque para ti es “más segura”? ¡No seas imbécil! “Por fin Gracknar vio una luz al fondo de la gruta. Los cuerpos mutilados de sus enemigos yacían a su alrededor. Si aquella era la salida, nada hacía permaneciendo allí.” Tus sienes se comprimen y comienza a faltarte el aire. Cada paso, cada escalón que dejas atrás, es un nuevo peso que añadir a tu precaria balanza. "Estás tranquilo". Nada, ahora es sólo una patética vocecilla. ¡Hay una ventana abierta! ¡He de pasar junto a ella! Sudo. No puedo respirar. ¿Qué dirá el cliente cuando toque mis manos? No veo... “El guerrero llegó corriendo a la salida de la cueva. Se encontró de pronto con algo que no esperaba. Ante sus pies surgieron las profundidades de un abismo. Y el guerrero tuvo una sensación. Por primera vez su cuerpo escapó a su control. No respondía. Sus manos se crispaban asiéndose al más leve saliente de la roca. Sus rodillas se doblaron impedidas para sostener su peso. “Estás tranquilo”, se dijo con voz ajena, pero fue inútil y durante la caída se preguntó mil veces por qué.” Incluso él te abandona, como un fetiche roto, un ídolo arrojado en el barro que traiciona con su inutilidad al que fuera fiel creyente. Estás solo. El mundo se encoge y te ves abajo. Los curiosos se agolpan en la acera con gesto entre horrorizado y curioso, pero sólo el cliente se acerca y te reconoce. - ¡Don Ernesto! ¿Qué hace asomado a la ventana? Pase, hombre, pase. Llevo más de una hora esperándole. 10/03/2005 18:52 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. SoledadLa navidad ya está aquí otra vez, con su cena, con sus prisas, con sus besos de medio lado. Reproches, miradas de soslayo, hipocresía. Aún no se han ido y ya estoy fregando platos. Ahora parece que me acompañan. ¿Y mañana? 10/03/2005 12:36 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Sólo por tiCierra los ojos, cariño. Toma, aquí tienes tu peluche. Agárralo muy fuerte, muy fuerte y duerme tranquilo. Mamá esta aquí. Duerme, duerme, duerme... No, no hagas preguntas. Calla, pequeño. Tal vez un día me entiendas, cuando hayamos cruzado, cuando por fin seamos libres y no tengamos que sufrir por nada. ¿Recuerdas nuestro cuento? Aquella ninfa lo consiguió, llego al País de la Dicha. Tú te reías con el sapo que siempre iba con ella, ¿recuerdas cariño? Ahora nos toca a nosotros, mamá te va a llevar allí. Duerme, duerme tranquilo. A veces los mayores hacemos o decimos cosas, cosas raras que los niños no entienden. A veces nos enfadamos y nos dejamos llevar. Eso nos pasó a papá y a mí. Ya sé que hablamos muy alto y que eso no te gusta. Yo puse mis manos sobré él y vi cómo mi mundo se quebraba contra la esquina de la mesa. Pero tranquilo, cierra los ojos, mamá ya lo ha arreglado. Iremos a buscarle como él hacía tantas veces cuando salías del colegio. Recuerda mi niño, que todo lo hago por ti, sólo por ti. Sí, por ti; sólo por ti, por ti... Así es mejor, confía en mamá. Mamá te quiere. Cierra los ojos y duerme. Duerme y espera. Mamá pronto estará contigo. 10/03/2005 12:44 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Tacto InteriorEntraron casi sin esfuerzo. Te habías imaginado que iba a ser más difícil, pero no lo fue. Una por una, en un rito mecánico, pasaron por la lengua dejando tras de sí un leve amargor que también acabe por arrastrar. Si quieres puedes parar ahora y nada habrá pasado. De manera absurda (como casi todo lo tuyo) te viene a la memoria aquel día, tan real como el vaso que me contiene. Te sonrió. Estaba delante de ti, dándote la espalda. Tu dijiste algo (la verdad es que no lo recuerdas) y ella, como todos, se dio la vuelta, te miró y te sonrió. Fue una linterna caída en un pozo, un trazo de tiza en el asfalto, nuevo aliento para alguien que se ahoga. Pero aquel destello terminó por apagarse cuando volvió a darte la espalda. Y tú te quedaste mudo. Con la boca abierta y el gesto idiota. En tus ojos ya había otra imagen, pero preferiste la de su pelo al moverse en ondas salvajes, libres, imposibles. La clase continuó y tú, como siempre, la ignoraste. Notas como, helada, te traspaso y ramifico en tu interior. Transporto hasta tu estomago toda mi carga y la deposito indiferente, sin culpa, sin angustia. Me asiento dentro de ti y tomo posesión de tus entrañas. Aún puedes volver atrás. Te atreviste a salir al patio. Llovía. Quizás esta vez fuera más fácil. Tal vez la fortuna te acompañe y ella vuelva a casa diligente y sola. Te adelantarías a sus pasos. Con disimulo te pondrías a su altura y preguntarías por la tarea de mañana. Pero eso no te importaría: te había sonreído. Había provocado una certeza feliz en tu mente. Una rara flor en medio de tu campo de piedras, que era suficiente. De hecho era más de lo que te habían regalado nunca. Y tú le obsequiaste lo único que tenías, a ti mismo. Pero salir al patio es una cosa, y acercarse a ella otra. No lo hiciste. Ella lo hizo por ti. Ahora sostienes su carta, la última. En ella sólo queda el aroma de un perfume y la sal de unas lágrimas. Te recorre la náusea. No hay marcha atrás, demasiadas ausencias, demasiadas promesas. Se clavan uñas en tu vientre. Un espasmo te contrae. Gritas sin voz. Es lo que querías. Tu estrecha visión del mundo te ha llevado aquí. Pero ahora no, no así… Ya es tarde. 10/03/2005 12:45 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Tu NichoCon el tiempo ha acabado por adoptar tu forma. Se ha convertido en una huella oscura de tu cuerpo, un contramolde que no me deja escapar de tu memoria. En él aún hay manchas. Algunas de breve pasión, ya indistintas, se mezclan con alcohol y sangre. Las más recientes son lágrimas. Te he obedecido y no lo toco. Está tal y como lo dejaste anoche. Con sus rozaduras en los apoyabrazos y las manchas de sebo y carmín barato de esas mujeres que a veces traes. Su tacto inicial, sus promesas de confort y seguridad, su fuerza, todo ello es ahora decrepitud, inconsistencia, desgana. Ya regresas. Ahí lo tienes. Ahí esta tu sillón, como siempre. Coges el mando y tu cerveza, entras en tu nicho y, como siempre, me ignoras. 10/03/2005 12:46 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Qué DifícilQué difícil es sentir cuando te puede la rutina. Qué difícil es reconocer el valor de algo precioso si no se ha perdido, aunque sólo sea un poco. Como yo a ti cada mañana. Siento que te pierdo en el hueco frío de la cama, en el vaso de naranja a medio terminar, en la tostada mordida deprisa y sin gana junto al microondas, en el olor a gasolina, en la tertulia de la radio camino al trabajo. Te pierdo en el día, entre zumbido de voces y miradas ajenas, que me embotan, que me alejan. Hasta que vuelvo y te veo. Y me vacías de ellos y me llenas de guirnaldas, de burbujas, de ambrosía... de ti. Qué difícil es sentir cuando te puede la rutina. Qué difícil es a veces decir, te amo. 10/03/2005 12:47 Enlace permanente. Hay 1 comentario. El Payaso del AndénLa primera vez que le vi daba saltitos descompasados en el andén de una estación. Abordaba a los transeúntes armado con su nariz postiza y, por un instante, se atrevía a romper la compostura (tan costosa de mantener y, a un tiempo, tan frágil) de todos los que pasaban a su lado. Lo hacía acercando su cara sonriente a la de ellos, siempre más allá del espacio confortable; tarareando canciones imposibles o recitando poemas sin sentido. Todos (yo mismo) nos sorprendíamos un instante de su actitud, lo mirábamos con una mezcla de incomodidad y falso agrado, para luego entrar en el vagón y volver a nuestro viaje a cualquier sitio. Algunos comentaban en voz baja sus impresiones ante el espectáculo, pero inevitablemente se hacia el silencio entre nosotros cuando ya nadie quedaba en el andén y sin embargo el payaso seguía cantando al aire, riendo y dando esos saltitos descompasados. Una mañana perdí el tren. Una mezcla de frustración y alivio me invito a sentarme en uno de aquellos bancos de cemento, ahora por fin sin inquilinos. Esperaba un milagro: que el tren diera marcha atrás, o que el siguiente tuviera un adelanto de, al menos, tres cuartos de hora. Pero nada de esto ocurrió. En su lugar escuché desde el fondo de la estación, el ritmo del Payaso del Andén. Se detuvo junto a mí, fue haciendo cada vez más imperceptible su canción, bajo los brazos y ladeo poco a poco su cabeza hasta hacer coincidir sus ojillos redondos y de mirada penetrante con los míos. - También te han dejado aquí -dijo sentándose a mi lado-. Yo sigo esperando una explicación. Debía rondar los cuarenta años, a pesar de que su aspecto fuera casi el de un viejo. Sus ropas parecían buenas aunque, al igual que el rostro, mostraban entre sus pliegues el maltrato del tiempo. No siempre fue así. Hubo una época en la que su aspecto era el de todo un universitario. Paseaba su descreída languidez por calles y veredas preparándose para una actividad hacia la que se encaminaba sin fe, sólo arrastrado por el imaginario cordón umbilical del miedo a ser el causante de una nueva traición. Con toda seguridad hubiera sido un mal abogado. Ateo y rojo, en otro tiempo sería un revolucionario pero, como toda su generación, había llegado algo tarde. Según me confesó, alguna vez llegó a desesperarle la idea de no merecer la vida, de no haber luchado lo bastante, de no haber descubierto su camino. Tal vez por eso estaba allí, aguardando una explicación, un porqué a su falso destino. Un nuevo tren acabó por llegar y, mientras me alejaba en mi vagón, lo vi hacerse pequeño hasta desaparecer, perdido y solo, recitando poemas sin sentido, provocando sustos en la gente o dando simplemente saltitos descompasados. 10/03/2005 12:54 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. CompañerosTe acercas y me hablas. Necesitas expresarte, compartir qué te ha ocurrido; tus miedos a veces, casi siempre tus proyectos. Y siempre lo consigues. No, no me refiero al hecho concreto, a tu vivencia que para mí no deja de ser anécdota. Me refiero a tu manera de abordarlo, a tu forma de contármelo. Todo es sencillo, claro, libre de obstáculos. Y sé que no es cierto, que a veces sufres, que has luchado duro, que no es casualidad lo que consigues. No es casualidad porque detrás de lo que haces estas tú, una visión limpia con un objetivo claro, sonrisa perpetua, entusiasmo y esperanza. Ya sé que no lo piensas de ti pero, en lo poco que te conozco he descubierto que miras la vida de frente. Ves como, a pesar de todo, tú eres capaz. Tienes tiempo y lo sabes, pero odias perderlo. Una voz en tu interior te pide ser escuchada y le has prestado cierta atención. Pero tu sentido práctico, a veces acallado, se empeña en silenciarla. Detente un rato y escucha. La oyes, está justo ahí, a tu lado. No permitas que se escape. 18/03/2005 11:25 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Dibujos en el vahoLa lluvia caía sobre el cristal como con prisa por deslizarse hacia el capó. Mientras hablabas no pude evitar hacer dibujos con el dedo en el vaho de mi ventana. Sé que te fastidia que te dé la espalda en mi asiento y que siempre has considerado infantil mi actitud en estas ocasiones. Tal vez por eso lo hago. Es mi manera de vengarme de tu perfección. Siempre te pones como ejemplo y, sea cual sea mi actitud, tienes algo nuevo que reprocharme. ¿Qué más da lo que sea esta vez? Sabes que nunca recuerdo exactamente cómo empiezan nuestras discusiones. ¿Te importa tanto? Aunque no puedas mirarme o hablarme ahora, sé que lo piensas. Estás en mi cabeza y todavía sigues torturándome. Sin palabras, ahora sólo con tu recuerdo. Me haces sentir pequeña. Como una eterna adolescente. Ya casi no hablo con nadie. No acudo a las reuniones, ¿para qué? Les veo pasar a mi lado sin una sonrisa, siempre ocupados, siempre grises. A pesar de todo tú me comprendías. Sabes que no quería hacerte daño. Que era sólo un amigo más. Nunca imagine que para ti yo era otra cosa. Si me lo hubieras dicho aquella noche, mientras hacía dibujos en el cristal, habría despertado al fin. Te hubiera mirado a los ojos por primera vez y me habría reconocido en ellos. Pero hiciste tu elección y ahora la lluvia cae sobre el mármol como con prisa por deslizarse hacia tu lecho. 18/03/2005 11:35 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. |