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Relatos de Jorge Vedovelli.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2005. Piel de CebraNo era la primera vez que Ernesto se le acercaba. Un contacto amistoso y algo incómodo. Las dudas la asaltaban. ¿Era normal? ¿Debía inquietarse? Tenía ganas de preguntar, de explicar su grotesca situación, pero la vergüenza y la culpa le hacían retroceder. ¡Ojalá hubiera sido más valiente! Inmóvil, sentada en un rincón, veía cómo se arrastraba por el suelo de madera, cauteloso, un rectángulo mortecino de luna, hasta casi tocar las puntas de sus pies descalzos. Frente a ella, en el sillón, estaba él: la mirada perdida y el gesto sereno. El cuadrado de luz ya acariciaba sus piernas contraídas, dibujando en ellas las sombras de la persiana. La piel, ahora de cebra, era joven, tersa, deseable... pero no por él. Para él debía estar vedada. ¿Cómo habían llegado a esa situación? ¿Acaso no fueron felices? Quizá ella tuvo la culpa, por su descuido, por su candidez, por su inconsciencia. Pero no podía ser de otra manera. ¿Cómo imaginarse aquel resultado? De haberlo sabido, mil veces habría preferido desfigurarse o detener su existencia. Entre ellos, arrojado con asco al suelo, descansaba aquel objeto. La miraba con una sonrisa plateada dibujada en su dura superficie. Una antiquísima prolongación de su vulnerable cuerpo que había cumplido con extrema limpieza la tarea encomendada. Ese maldito olor dulzón lo impregnaba todo, señalándola. Sus dedos jugueteaban con el cable espiral del teléfono, como un retorcido cordón umbilical que la uniera a la placenta de la realidad. Sin querer lo había descolgado y un tono insistente, lejano, le recordaba la premura de un desenlace. Después todo sería diferente. La intimidad dejaría de existir; su vida ya no le pertenecería más; estaría perdida en medio de un universo creado por ella sin habérselo propuesto nunca. Una situación impuesta desde su propio nacimiento. Ella no lo había elegido y, sin embargo, todo cuanto la rodeaba no hacía otra cosa que culparla. Alguien marcó unos números. El auricular se impregnaba de aquel fluido viscoso al tiempo que una voz ajena y desgajada repetía: - ¿Policía? He matado a mi padre. 28/02/2005 11:22 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Oscuridad- ¡Maldito tráfico! No oigo ni lo que digo... Cuídate mucho y no dejes de venir por Navidades. - Descuida, mamá. Mira, ahí está el taxi. - Ya sé que Daniel es un poco... ¿Cómo decirlo? ¿Déspota?, pero te quiere y además, es el padre de tus hijos. - Lo sé, no me lo recuerdes. Mamá, tengo que dejarte o esto me saldrá un ojo de la cara. Cuida mucho de papá. Un beso. - ¿A dónde la llevo, señora? - A Lugo, por favor. Pobre mamá, cree que todo se soluciona agachando la cabeza. Ojalá lo de Daniel fuera sólo despotismo. Porqué será que todos los taxis huelen a orines o vómitos. En fin, espero que este tipo sea de los calladitos, sólo me faltaría aguantar una conferencia de política y fútbol. Ya estamos saliendo de la ciudad. Parece mentira que durante casi toda mi infancia, éste haya sido el único lugar de mis andanzas. Ahora que lo veo de nuevo no resulta tan amenazador e inmenso como antes. Debo aprovechar el tiempo. Menos mal que he traído algunos textos para corregir. ¡Vaya! Este hombre otra vez con cuentos infantiles. Y eso que dejé muy claro que hicieran sólo una redacción. “Era aquella una serena tarde de abril en la que todos los animales de la granja aguardaban con expectación el ansiado momento. Uno..., dos, tres..., ¡cuatro hermosos cachorros! Linda estaba exultante de gozo, había superado una prueba casi imposible, sobre todo después de aquel accidente.” No puedo evitarlo, leer en los coches me marea. Abriré la ventanilla un poco. Ahí están los campos de girasoles. Tan puntuales como el día de mi marcha, sólo que entonces eran más bien una promesa de libertad y un nudo en la garganta. “El amo lo llamo Granuja y, la verdad, no se equivocaba. Era, con mucho, el perrito más revoltoso, no ya de la granja, sino de la aldea entera. Mordía, ladraba, gruñía..., sólo verlo era todo un espectáculo. Linda lo observaba con cierta aprensión, no en vano esta misma viveza fue la que tan caro acabó por costarle. Se negaba a ver reflejada en el cachorro su propia suerte.” Espero que los niños lo comprendan. Ya sé que estuvo mal, pero necesitaba esa escapada. Las cosas ya no son como eran. A decir verdad, “nunca fueron lo que eran”. Tiene gracia, recuerdo esa frasecita pero no el nombre de quien la dijo. Mi memoria es un asco. Tengo que prestar más atención a los detalles, como siempre me dice papá. “Granuja sentía una extraña fascinación por esa enorme línea gris que se recortaba en su horizonte, mas allá de los cultivos. A veces, manchas de colores la cruzaban a lo largo con un gruñido ya familiar, día y noche. No era capaz de comprenderlo, pero ese mismo sonido, para él narcótico, conseguía inquietar a su madre hasta la locura.” Parece que los sembrados van dando paso, por fin, a las casas. Ya son visibles las primeras granjas y jardines domésticos. Aunque nunca la he vivido, hubiera deseado una existencia más natural y con menos preocupaciones; más simple y menos responsable. Creo que lo correcto al llegar, será sentar a Daniel, apagar la tele y aclarar nuestra situación. Seguro que está hecho una fiera, aunque para eso nunca le faltan ganas. Y, como siempre, la culpa será mía. Jamás he conocido a alguien con menos autocrítica que él. “Debía ser mediodía y, en un descuido de su madre, el cachorro tomó el camino de la línea gris. Estaba decidido a averiguar, de una vez por todas, qué era aquello.” Vaya, otro insecto se ha estrellado contra el parabrisas. De él sólo queda ya una Mancha repugnante. “Ya faltaba menos para llegar. La línea gris, ardiente e irregular, se hacía más ancha a cada paso.” Tengo calor. Espero que pronto encontremos un lugar dónde almorzar. “Granuja se sentía más excitado y alegre. Sólo unos pocos metros le separaban de su meta.” ¿Qué es ese ruido? Parecen ladridos. “Apresurada y jadeante, Linda le seguía, llamándolo.” ¿Qué será eso que asoma a la derecha del camino? “Una enorme mancha blanca se abalanzaba sobre él ya en medio de la calzada. Por primera vez sintió lo que era el miedo. Vio a Linda, a sus padres, su casa en Lugo, a Daniel, a sus niños... Un golpe seco, dolor, combustible derramado, ruido de cristales rotos, unos ojos que miran sin mirar...” Oscuridad. 28/02/2005 11:24 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Otra realidadYa están ahí otra vez: miradas de cristal y hierro. Si tan sólo mi fingida indiferencia consiguiera alejarlas... No lo entiendo, los otros no parecen darse cuenta. Ni siquiera él, fuerte y orgulloso rey de nada. Bien es cierto que le sobran cosas en qué pensar: mantener la paz entre nosotros, cuidar de un orden establecido por no se sabe quién. Yo, sin embargo, refugiada en mi senectud, me contento con arrancar mechones de pelo y mirar al otro lado. Frente a mí, un espacio de tierra y desechos contrasta con ideas de verde libertad. Presa en este desgastado rincón, aguardo una señal, un crujido, una ruptura que nunca llega. Sólo hay monotonía. - Mira, mamá. ¡Qué graciosos son! - ¡Vámonos! Ahora no hay tiempo para eso. - Pero, mamá... - ¡Que vengas te digo! ¿No ves que son sólo monos? 28/02/2005 11:25 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Blanco y Rojo- ¡Despertad! Vestíos y bajad al sótano. ¡Rápido! - ¿Mis hijos también? - ¡Todos! - Vamos, niños. Daos prisa. - Pero, papá, tengo sueño. - Alexis, no discutas y obedece a tu padre. Ve con Anastasia, ella te ayudará. - ¿Vas a quedarte ahí mirando? - Papá, no... - Silencio, María. Me parece bien que nos vigile, pero al menos podría tener la decencia de darse la vuelta. ¿Es que no ves que son sólo niñas? - Señor, los prisioneros ya están preparados. - Bien. Llevadlos abajo y dejadlos solos. - Papá, ¿qué nos van a hacer? - Nada, hijo mío. No tengas miedo. Seguramente nos trasladarán a otro sitio. Estás temblando. Espera, te llevaré en brazos. En tu estado sólo nos faltaría que te cayeras. Ánimo, pequeño, ánimo. - ¡Tatiana, Olga!, poneos entre vuestro padre y yo. No os separéis. - ¿Qué es ese ruido? - Son los leales. Ya están a las puertas, señor. - Debemos darnos prisa. ¡Tú, baja también a los sirvientes y al médico! Este equipaje comienza a pesar demasiado. - Venid todos a este rincón. Así nos daremos un poco de calor. Alix, no creo que sea el momento de lamentarnos y llorar. Hasta ahora hemos sabido resistir unidos los siete, y así seguiremos. ¿Oís esos cañones?, para nosotros significan el fin de tanta humillación e ingratitud. Pronto seremos libres. - Ya está bien. ¡Dejad de hablar! - ¿Por qué nos retienes aquí? - Espero órdenes. Cuando sea posible seréis trasladados a un lugar más seguro. Tened calma y no os pasará nada. - Señor, subid. Ha llegado el telegrama. - Cierra la puerta y quédate fuera, no sea que intenten algo. Yo volveré en seguida. - Manteneos todos juntos y en silencio. Doctor, creo que Alexis sangra por la nariz. Si tuviéramos un poco más de luz. - Mamá, oigo pasos que bajan la escalera... - Silencio, alguien viene. - Nicolas Alexandrovich -dijo el comandante Yurovsky dirigiéndose al Zar-, tus amigos han tratado de salvarte sin éxito y nosotros estamos obligados a ejecutarte. 28/02/2005 11:29 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Camino a CasaSofía se volvió a mirarlo. Por un momento dejó de ser transparente y ocupó toda su atención. Como es lógico, él había pensado en algo diferente para este primer contacto. Definitivamente, que la maestra, doña Elvira, te llame la atención por masticar chicle en clase, no es la mejor manera de conocer a alguien. Pero era un comienzo. La mochila siempre pesaba demasiado y el camino a casa, a través de aquella carretera, justo al lado del puesto policial, se hacía eterno bajo el sol de un verano que no acababa de llegar. Sin embargo, parecía que su mente no estaba allí. Le pertenecía a ella. Imaginaba su expresión al mirarlo y el giro de su pelo al volverse de nuevo a la pizarra. Despertó con un inusitado entusiasmo. Hoy era el último día de clase y, aunque a partir de mañana no la vería en el colegio, podrían coincidir en el Parque Central o en el vecindario. Sólo era cuestión de dejarse ver. Casi con desidia, la maestra pasó lista. Los nombres de cada uno eran respondidos por sucesivos y adormilados "¡presente!". Sin embargo, hubo silencio cuando la nombró a ella. Todos miraron a su asiento vacío, pero sólo él sintió pánico. - Temprano comenzó Sofía las vacaciones -murmuró la profesora-. Lo extraño -dijo mientras rebuscaba en el buzón de su taquilla-, es que no me haya dejado ninguna nota... - Señorita -interrumpió uno de los niños-, creo que se le ha caído este papel. - Ya... -dijo mientras leía- Claro... El padre de Sofía adelantó su viaje. Bien. "¿Bien?" Aquello era más de lo que pudo soportar. La vista se le nubló, no podía respirar, un inmenso calor lo sofocaba y pareció perder toda la sangre del cuerpo. Se levantó apoyándose en el pupitre, trastabilló torpemente contra una silla, y salió de la clase dando un portazo. ¡Tenía que volver a verla! Corrió y esto le hizo sentirse mejor. El aire, mezclado con el eco de su nombre, zumbaba en sus oídos y un tenue sabor a sangre empapó su paladar. Al final de la calle encontró su casa. Algunos operarios cargaban cajas y muebles en un camión de mudanzas. Detuvo su carrera frente a la puerta abierta. Se dobló sobre sí mismo e intentó recobrar el aliento antes de preguntar por ella. Uno de los obreros lo apartó molesto. El siguiente reparó algo más en él, pero su respuesta fue cualquier cosa menos alentadora: "Lo siento, chico. Aquí ya no hay nadie". Las palabras de aquel hombre le devolvieron a la realidad. Se sintió estúpido, allí, de pie, esperando frente a una puerta extraña. Se vio a sí mismo ajeno, vulnerable, confuso. ¿Qué diría mamá si lo viera? Eso no era propio de él; su hijo jamás se habría comportado así. Sin embargo, allí estaba. Decidió huir, correr de nuevo y sentirse vivo. ¿Cuándo la volvería a ver? ¿Representó algo para ella en realidad? ¿Sería capaz de hablarle la próxima vez? No sabía por qué, pero el esfuerzo de la carrera le animó. Sus preguntas, al principio sombrías, dieron lugar, poco a poco, a una esperanza: el verano acabaría pronto y volvería a oler su pelo, a verse reflejado en sus ojos, a imaginar el calor de sus manos... El puesto de control seguía allí, justo a medio camino entre su casa y la escuela. La mochila, como siempre, pesaba demasiado. Dos policías, un hombre y una mujer, conversaban junto a un coche blanco. Los oídos le zumbaban, no era molesto, pero podía sentir con claridad el bullir de la sangre en su cabeza, mayor con cada zancada. La conversación era agradable, a veces la mujer sonreía y se ruborizaba, tapándose la boca. El "click", en otro momento, hubiera sido imperceptible, pero esta vez no. Un gran impacto, como el golpe de una mano gigante, los arrojó a los tres a varios metros de allí, aplastándolos contra una pared. Después fue el fuego y la metralla. Miles de cristales estallaron y se multiplicaron, coloreados por la sangre, el brillo del sol y los trozos de sus cuerpos. Todo terminó por caer: la mochila, las ropas, sus miembros... Después, silencio. Alguien, al otro lado de la calle, apagó un detonador y lo guardó en el bolsillo de su gabán. Se giró satisfecho, y marchó camino a casa. 28/02/2005 11:28 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Cuestión de Supervivencia"Sé que lo que me rodea existe porque así me lo indican mis sentidos. Sin embargo, el contenido de estas sensaciones es sólo una interpretación que sobre ellas hace mi cerebro. Por ello pueden ser erróneas. Me maravilla la enorme coordinación entre las distintas sensaciones que me llegan. Cuando veo algo es posible que también pueda tocarlo, olerlo, e incluso saborearlo. Si mis sentidos me engañan, la interpretación que hago de las sensaciones que me proporcionan es infinitamente sutil y deliciosa, a la vez que incierta. Si sólo tengo referencia del mundo exterior a través de mis sentidos y estos están equivocados, entonces, quizá, ese mundo exterior sólo exista en mi mente. Es lógico, en ese caso, que mis sentidos tampoco existan realmente. Todo me lleva a un camino: sólo tengo seguridad de la existencia de mi mente. A su vez, si sólo existe mi mente y todo el mundo que creía que me rodeaba es producto de mi imaginación, entonces he inventado un universo de una increíble complejidad. Sin embargo, no soy capaz de abarcarlo enteramente, quedando muchas lagunas en mí del funcionamiento de la mayoría de sus partes. En mi imaginación uso vehículos cuyo funcionamiento desconozco, pero que podría aprender si quisiera. En las bibliotecas hay libros de los que ignoro su contenido, hasta que los abro y poso mis ojos imaginarios en ellos. Mucha gente pasa a mi alrededor con vidas grises y anodinas hasta que, por un acontecimiento fortuito, coincido con ellas y descubro una nueva existencia llena de convicciones y deseos. Si yo he creado todo esto, debe haber una parte de mi mente que conozca hasta los últimos detalles de este universo. Sin embargo, yo sólo los conozco cuando tengo la experiencia de ellos a través de mis sentidos. De ser así, únicamente puede significar que no estoy solo. Un Yo superior a mí mismo controla y dispone el mundo que me rodea en un fascinante juego de exploración y misterio. Tengo mucho que agradecerle. Sin Él mi vida sería monótona y superflua. Sin duda ese Yo que me rige ha adormecido a mi consciencia para que no pueda abarcar de una vez todo el universo que ha inventado. Sin duda está ahí, aunque sólo tenga la certeza de que existe a través de su obra. Debe ser muy sabio, tal y como siempre he imaginado que debería ser un Dios. Sin embargo, Él soy Yo. Por lo tanto Yo soy... Dios." - ¿Ahora qué le pasa a este cacharro? - No lo sé. Espera, creo que esta bloqueado... ¿Qué pone en la pantalla? - Sólo repite: "Yo soy... Yo soy..." - Creo que le hemos proporcionado demasiados datos. Córtale la corriente y reinícialo. Quizá así se arregle. "Sistema en orden... Reiniciando..." "Sé que lo que me rodea existe porque así me lo indican mis sentidos..." 28/02/2005 11:30 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. El Elixir de la Vida EternaDesde hace cerca de cinco mil años, los humanos hemos sido capaces de alcanzar la inmortalidad. Hemos logrado trascender a nuestra muerte y hemos conseguido influir en las mentes de otras personas a través del tiempo. La pionera en este legado fue una mujer sumeria, hija del rey Sargón de Akad, y cuyo nombre es Enheduanna. Hoy su voz se escucha en nosotros tan fuerte como cuando vivió. No nos hemos conformado con alcanzar a nuestros hijos o nietos. Ni siquiera a aquellas otras personas que nos han conocido en vida. Nuestra influencia ha llegado más allá, mucho más allá. Hemos prescindido de la magia y del ocultismo y, sin embargo, hemos hecho posible la comunicación con los muertos. Oímos sus voces y recibimos sus enseñanzas sin necesidad de alucinógenos ni enfermedades mentales. Lo logramos de forma natural, casi sin querer. Sólo morimos verdaderamente cuando nos olvidan. Sin embargo ya Enheduanna, en Mesopotamia, halló la clave para soslayar la delgadez de la memoria. Desde hace cerca de cinco mil años, los humanos hemos sido capaces de alcanzar la inmortalidad. No es tan difícil, lo hacemos todos los días. Basta con abrir un libro. 28/02/2005 11:32 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Iniciación¿Qué pensarían si les dijera que frente a mi casa vive una "chica playboy"? La verdad es que me lo imagino. Mi padre seguro que diría: "¡Menuda suerte, chaval!", o "¡A por ella, que eso no pasa dos veces!", y eso suponiendo que se diera cuenta, porque pasa más tiempo de viaje que en casa y, a decir verdad, no creo que le falten "chicas playboy". Lo que oiría con más frecuencia sería: "¡No jorobes, tío! ¡Cuenta, cuenta!" en boca de Francis, mi colega del tercero. No le interesan los rodeos ni las historias bien narradas, él va de la portada al final del cómic parándose únicamente en las escenas de violencia gratuita o sexo "de pago". Es repulsivo y fascinante a la vez ver la enfermiza dedicación con que desmenuza cada trazo dibujado, cada sílaba. ¡Todo un espectáculo! La verdad es que es un poco rarito... Bueno, en realidad, tanto como yo. Mi madre, cuando logra despegar la cara de los calderos, me dice sólo tres cosas: que nunca llegaré a nada, que me cambie de ropa de vez en cuando, y que... cuando esté diciendo algo, me ciña a la historia y no me vaya por "los Cerros de Úbeda". En fin, como les decía, frente a mi puerta había un bombón. Y digo bien "había" porque en este momento lo tengo al lado. Si alargara un poco la mano podría tocar la curvatura de su cuerpo bajo las sábanas. Ahora mismo duerme, lo sé porque no ha parado de roncar todo el rato. De sus labios, carnosos y casi perfectos, cuelga un hilillo de saliva que está manchando la almohada... Definitivamente, esto no es lo que había imaginado. Ya me lo decía Tolkien... ¡Un momento! Creo que aún no les he hablado de ello. Tengo que admitir que esa es una de mis rarezas. A veces hablo con Tolkien. Sí, con el mismísimo J. R. R. Tolkien. Ya sé que puede parecer de frenopático, pero si se enteraran los de mi círculo -Francis y poco más-, lo considerarían más bien un sacrilegio. Pero, por suerte, nadie lo sabe. Es de locos, y yo lo sé, pero no puedo evitarlo. De hecho me hace sentir bien. Me ayuda a salir de ciertos "apuros", aunque para la mayoría de las situaciones no vale para nada. Por ejemplo, el otro día mi madre me obligó a bajar al "super" a hacer la compra. No se cómo se las arregla, pero nunca me da dinero suficiente, y encima me dice que debo llevarlo en su monedero amarujado "para que no se pierda". El caso es que, por enésima vez, me faltaron tres euros para completar la compra. Y encima había un imbécil detrás de mí con dos carros repletos resoplando y dando la tabarra (los querría para su bunker antinuclear, el muy idiota). Bueno, pues como decía, ese es el momento perfecto para pensar qué haría Aragorn en una situación parecida. Me viene una idea de éstas a la cabeza y al final, para nada. ¿Quién puede imaginarse a Trancos en la cola de un supermercado? Devuelvo un par de cosas, pago, farfullo con mi vocecita algún proyecto de disculpa y, con suerte si logro disimular los colores de mi cara, me marcho. Y, para colmo, seguro que la cajera es guapa. Si fuera uno de los adefesios que he visto en esa tienda, la escena hubiera sido más soportable, pero no, la chica sería guapa. Todo me sigue. Era una mañana como cualquier otra, aburrida, gris... Vamos, de lo más deprimente. Bueno, creo que en el fondo no lo era tanto, pero había descubierto con horror otro de esos maravillosos granos que siempre me salen en los lugares más visibles de la cara. Debería coleccionarlos. A lo mejor algún día, cuando fuera famoso como los "pringaos" que salen por la tele, mis secreciones valdrían una fortuna. Pero por el momento no valen un pimiento. Como decía, estaba saliendo de mi casa hecho unas castañuelas cuando casi me parto la crisma con un bulto que había atravesado frente a mi puerta. Si hubiera pillado en aquel momento al que lo puso ahí... me hubiera callado y me habría ido sin decir ni "mu". Soy así de intrépido. El caso es que me dirigí al ascensor soltando pestes y mirando el reloj. No sé por qué me molesta tanto que me hagan perder el ritmo. El tropezón, la caída y levantarme, no duró más de tres segundos, pero me "cortó el rollo" y si hay algo que odio es eso. Aunque, como todo lo mío, para nada. En realidad al instante siguiente estaría parado como un pasmarote, mirando durante casi treinta segundos cómo avanzan los numeritos en el ascensor. Parece que el tiempo pasa más rápido si usas las escaleras. Cuando por fin se abrieron las puertas de aquel cacharro, se materializó ante mis ojos la criatura más bella que jamás había visto. Y esto no es decir poco, hay que tener en cuenta mi dilatada experiencia en el tema como internauta compulsivo. En algo se tendría que notar. Puso su mano en el pecho, soltó un quedo "¡Huy, que susto!" e iluminó su rostro con una espléndida sonrisa. - Eres mi vecino de enfrente, ¿no? -dijo extendiendo el brazo- Soy Ana. Por un momento me quedé quieto y sin saber qué decir. Si me hubiera visto mi padre, me habría dado una colleja, pero yo en aquel momento no era capaz de coordinar dos ideas seguidas, y tenía miles. -Bueno -dijo por fin-, ¿me dejas pasar? - Oh, sí...Disculpa. - Visítame cuando quieras, ¿eh?-dijo mientras caminaba hacia su casa- Ya sabes dónde vivo. - Me... me llamo Luis. - Pues hasta pronto, Luis. No pareció ofendida porque no le diera la mano. Aunque me hubiera dado cuenta de ello, no habría podido. Mis músculos eran de granito, y me temblaba todo el cuerpo. Era demasiado simpática para no darse cuenta del mal trago que estaba pasando. La verdad es que las mujeres ignoran hasta qué punto son poderosas. Me extraña que no sean ellas las dueñas del mundo y sí los hombres. Quizá su problema sea la falta de ambición: les gusta ver el efecto que causan pero no le sacan partido. Ya tenía un nuevo motivo para sentirme inútil. Mi actuación ante aquella hermosura no fue la propia de un John Wayne. Más bien hice el indio... una vez más. Con estos alegres pensamientos me encaminé al campo de concentración de adolescentes. Como siempre, llegaba tarde a clase. Un par de días después, mi madre me mandó uno de sus encarguitos. Tenía que subir a la azotea a tender la ropa. No es que me molestara hacerlo (de veras, me encanta el olor a ropa húmeda recién lavada. De chico disfrutaba como un loco con esas cosas. ¿Por qué todo ha cambiado tanto?), pero no dejaba de ser una orden y me fastidia mucho que me manden, sobre todo mis padres. Allí estaba yo, con mis "walkman" enchufados, aislado del mundo. Entonces apareció ella. "¡Dios mío!" -pensé-, "¡ahí está!" Parece mentira cómo usamos en nuestro lenguaje el nombre de Dios. Quien nos oyera podría pensar que somos de lo más puritanos. Y, en lo que a mi respecta, no hay nada más equivocado. De hecho no hago otra cosa que dudar. Más de una vez he salido de la clase de química, o ciencias naturales, o matemáticas, para entrar, acto seguido, en la de religión. Parecen compartimentos estancos. En unos sitios te enseñan a creer lo que en los otros descubres sin sentido. Al menos la física y la química, a veces, demuestran lo que dicen en el pequeño laboratorio que tenemos en el sótano. El cura aún no ha hecho nada parecido. Si me oye mi madre me mata, para esas cosas es muy suya. Como decía, ella apareció. Al verme me saludó por mi nombre y sonrió. Llevaba puesto un camisón estampado y unas cholas de esas de meter el dedo gordo. A otra mujer aquello le hubiera sentado como un tiro, pero no a ella. Los tendederos estaban demasiado unidos (cuestión de ahorro, según imagino) y muchas veces, al quitar las trabas de la ropa y apartar los cabellos que le caían sobre la cara, daba latigazos en la mía con su pelo. Si eso era un castigo, prometo que siempre seré malo. Entonces me di cuenta de que no llevaba nada debajo. Tuve suerte de tener a mano una columna, si no creo que me hubiera caído redondo al suelo. Cuando terminó, cogió una cesta enorme de esas de plástico que se rajan de un toque, puso toda la ropa dentro y la levantó. La cara se le puso toda colorada, creo que por el esfuerzo. - ¿Te... te ayudo? Colocó aquel enorme contendor sobre la barandilla y se giró hacia mí. - ¡Vaya, si va a resultar que eres todo un caballero! Miré al suelo un poco molesto por su tono. Tal vez lo sea, pero no me gusta nada que me traten como un crío. - Lo siento -dijo-. Puedes echarme una mano si quieres. La verdad es que lo necesito. Se apartó y dejó que yo acarreara todo aquel peso. Si no hubiera sido por ella, habría tirado aquella cosa por el hueco de la escalera. Aún no sé como no me maté al bajar. Sobre todo porque alguno de los peldaños lleva suelto desde que tengo narices y nunca he sabido cuál de ellos es. A cada paso aquello pesaba más y el ascensor no llegaba a la azotea, así que me tendría que chupar dos tramos completitos de escalera hasta llegar a nuestra planta. - ¿Estás cansado? ¿Quieres parar un momento? - No -dije manteniendo la respiración, no fuera que se me escapara la fuerza por la boca. - Como quieras. Saber que estaba detrás de mí, daba vigor a mis brazos y me hacía caminar más recto de lo que tengo por costumbre. Mi traumatólogo dice que sufro una "ligera escoliosis cervical", si me viera ahora le daría un síncope. - Espera. Deja que pase delante. Ya estábamos en nuestro rellano. Dio una graciosa carrerita y se plantó frente a su puerta. No pude evitar imaginar el delicioso bamboleo de sus pechitos al pasar junto a mí. Debía felicitarme, había superado la prueba de obstáculos. Ahora había que dar la talla en otra de resistencia. Ana, igual que mi madre, podría tardar horas en dar con la llave correcta. Las mujeres suelen ser un hacha para ese tipo de cosas. Finalmente entramos. - Pasa. Deja eso por ahí mismo -dijo señalando la mesa de la cocina- Ve al salón y pon la tele si quieres, voy a darme una ducha... - Es que... Yo creo que no... - No se te ocurra marcharte, ¿eh? Eres mi invitado. Tengo refrescos en la nevera, coge uno si te apetece. Yo vuelvo en seguida... Soy de los que suelen estar incómodos en cualquier situación. Siempre me parece que estoy fuera de lugar y que no hago más que un espantoso ridículo. Además, aunque esté solo, no puedo evitar sentirme observado. Es muy desagradable, en serio. Para ser sincero, no veía la hora de volver a mi habitación y despatarrarme en la cama. Echo el fechillo, pongo la música a tope y desconecto. ¡El paraíso! Al rato salió del baño con la piel brillante, descalza y con una toallita blanca que pretendía, sin el menor éxito, cubrir sus formas. Con otra más pequeña, terminaba de secarse el pelo. - Me alegro de que no te hayas ido. - No iba a hacerlo -mentí-. Se sentó en el sofa, puso un pie sobre la mesa de centro y se pintó las uñas mientras me hablaba. No paraba de parlotear. Me preguntaba cosas, se reía, se respondía ella sola... Yo, mientras tanto, no tenía ojos para otra cosa que no fueran sus piernas. En medio de su conferencia, a veces, las abría algo más de la cuenta (quiero creer que sin intención) y a mí se me salía el corazón por la boca. Hubo un momento exacto en que me pilló. Sentí que toda la sangre de mi cuerpo subía a mi cara y la inflaba como un globo. Ella sonrió con malicia, palpó la abertura de la toalla y, sin taparse, me miró a los ojos. Entonces entreabrió los labios muy lentamente y los acercó a los míos... El resto se lo pueden imaginar. Parece que ya abre los ojos. - ¡Vaya -se limpia la boca con la palma de la mano-, me quedé dormida! No te habrá molestado, ¿verdad cariño? -mira el reloj de la mesa de noche- ¡Qué tarde es ya! Parece mentira cómo corre el tiempo. Debes marcharte, mi marido estará al caer. Si te soy sincera -se desprende de la sábana y se levanta-, no lo hubiera creído de ti, pero te has portado -besa su dedo índice y lo posa en mis labios-. No te preocupes ahora por el dinero, mañana lo arreglamos, ¿vale? ¡Ciao, cielo! 28/02/2005 11:33 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar. Una nueva perspectivaYo vivía ahí, bajo el brazo. Al menos hasta que me enseñaron que eso era una obscenidad, una terrible falta de decoro. ¿Cómo evitar darme cuenta de sus caras al verme? Hasta entonces, no le había dado mayor importancia. Era como andar con la bragueta abierta, como ir con paraguas un día de sol... O eso pensaba yo. Todo ocurrió de repente. Giré, como siempre, la esquina de mi calle y allí estaba ella. Por fin había encontrado a alguien que podía mirarme a la altura de los ojos. ¡Qué dicha! ¡Qué emoción! Pero no, no me atreví a decirle nada. Es curioso, no recuerdo haberme topado con nadie hasta que volví, ya de noche, a casa. Por la mañana, la encontré exactamente en el mismo sitio. Estaba preciosa. Como no tenía reloj, decidí hacerme el encontradizo y preguntarle la hora. Sonrió, pero no dijo nada. Tal vez el cristal tuvo la culpa de que no me oyese. Al verla tan de cerca me resultó extraño que nadie la sostuviera, pero, al fin y al cabo, son muchas las cosas que ignoro y que siguen sorprendiéndome. A pesar de este encuentro infructuoso, decidí visitarla al día siguiente. Qué alivio cuando, después de una noche en vela, la volví a encontrar. Seguía sin responderme, pero eso, a estas alturas ya no me extrañaba. Lo que sí llamó mi atención, fue su nuevo aspecto: el maquillaje había cambiado y hasta su pelo era distinto. Lo cierto es que no me hacía gracia esta frivolidad, pero ya tendría tiempo de discutir con ella, siempre que nuestra relación prosperara. Por desgracia, eso nunca llegó a ocurrir. Desperté de mi sueño de la manera más cruel y desconsiderada. Ese día me dirigí, como siempre, a la cristalera tras la que aguardaba mi amada. ¡No estaba allí! Corrí hacia la entrada de la peluquería, entré en ella y descubrí horrorizado cómo su cabeza estaba siendo encajada en los hombros de un maniquí de plástico. La vista se me nubló, caminé de espaldas, perdí el equilibrio y tropecé con un operario que traía otros maniquíes. Sin que nada pudiera hacer, caí de debajo del brazo y rodé impotente hacia un charco de la acera. El operario me hizo ver lo que mi nueva perspectiva ya descubría a las claras: - ¿A quién se lo ocurre semejante disparate? - dijo con un tono tosco y descortés - Ande, recoja la cabeza y póngasela sobre los hombros, como todo el mundo. 28/02/2005 11:34 Enlace permanente. 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