Vedovelli

Relatos de Jorge Vedovelli.

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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.

El Disparadero (Adaptación libre del cuento de Guy de Maupassant: “Llega la Primavera”)

Si hay algo que me gusta de la primavera, es que con ella comienza la temporada de ferias. Subirme en sus atracciones y revivir momentos pasados se convierte en esos días en la última calada de un habano o en el primer sueño furtivo entre insulto e insulto de Coto Matamoros.

De todas formas, aunque no lo parezca, en eso de la elección de las máquinas soy un poco sibarita. Prefiero las de desplazamiento horizontal en cualquiera de sus versiones: los coches de choque, la cinta mágica o, en especial, las tacitas locas. Tal vez sea por su nombre, pero esas tacillas que, como satélites indecisos, giran sobre si mismas al tiempo que gravitan alrededor de la pista, me hacen perder la cabeza. No sólo las uso para "colocarme" virtualmente (ya no estoy para otro tipo de coloques) sino que, muchas veces, se convierten en mi mirador privado: una especie de disparadero desde el que puedo dedicarme con total impunidad a observar la chavalada que me rodea, sobre todo a las niñas (para mí lo son ya hasta las de treinta) que con sus grititos iniciales y sus caras arreboladas al final del recorrido, hacen más plena mi experiencia.

Tal vez fueran los efluvios de la última descarga de un usuario, o quizá la arremetida inmisericorde del polen en mi pituitaria, pero aquel día noté mis sentidos como más alerta, preparados para captar cualquier señal lejanamente femenina con la que me cruzara. Mantenía las aletas de mi nariz muy abiertas, los párpados inservibles y mis orejas... bueno, ellas quietas, como siempre. El caso es que junto a mi taza fue a sentarse la muchachita más linda que había visto hasta entonces. Debía rondar los sesenta años, pero las capas de maquillaje que cubrían su rostro la desprendían de, al menos, dos o tres. Su cabello, recién teñido, exhalaba ese mágico aroma a Maja que tantos recuerdos me trae de mi abuela. Todo en ella era armonía y compostura. Incluso destilaba elegancia su forma de sentarse en la taza y su más que inapropiado cruce de piernas una vez dentro de ella. Lástima que su tan estudiada (y bella) estampa, se viniera abajo ya desde la primera sacudida del ingenio. Era admirable contemplar como luchaba encarnizadamente por mantener el equilibrio (y con él su maltrecha dignidad), se aferraba heroicamente a las asitas de la taza hasta que sus manos se amorataron (un violeta magnifico, por otra parte), era tal que una Valquiria a punto de naufragar en su buque ingobernable. Creo, he de reconocerlo, que me enamoré perdidamente de ella cuando buscaba con la mirada histérica sus gafas de lente bifocal entre los hierros del suelo. Aún se escapa un suspiro de mis labios al recordarlo.

Tenía que presentarle mis respetos. Era preciso que, en cuanto acabaran los vaivenes, la abordara y le dijera lo bien que había vencido a las fuerzas de la física, el edificante espectáculo de contemplar su rotundidad encajada con gracia en aquellos asientos seis tallas menores; la encomiable valentía que demostró al ceder a los ruegos de sus nietos por subir a aquel infierno. Finalmente, auxiliada por un par de operarios, paseó su trastabillante figura frente a mis ojos y esto me animó a seguirla.

- Señorita -ya se que era un decir-. Señorita, por favor...

Estaba a punto de acercarme a ella y contemplar sus hermosos ojos de color indefinido (no tanto por lo inusual de su pigmentación, sino más bien por la imposibilidad que tenía de mantenerlos quietos en sus orbitas. Aún duraba el efecto de los giros) cuando sentí el recio tirón de manos masculinas en mi manga. Se trataba de uno de los cobradores, que con infinita sabiduría me espetó:

- Maestro, no debe pisar por ahí...

Y que razón tenía el hombre. Sus palabras parecieron salidas de lo más hondo de mi conciencia. Me advertían del peligro de la hembra. Del riesgo de volver a caer en el embeleso del que tanto me ha costado salir otras veces. De la dulce pereza en la que tiendo a sumirme cuando Cupido clava sus saetas en mi pecho. "Las mujeres son malas", me repetía mi madre olvidándose de su propia condición. “Tú eres un pobre ‘guanajo’ con veleidades poéticas y no te das cuenta de que son todas unas ‘lagartas’ que lo único que quieren es trancar a uno como tú para vivir de mi dinero y después enroscarte una buena cornamenta por todo lo alto. ¡Ay, si tu padre levantara la cabeza…!” No, definitivamente no debía volver a pisar por allí.

- Se lo digo -continuó el cobrador-, porque puede escachar sin querer las gafas de la señora. Usted ya me entiende...
05/04/2005 12:32 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Acotados

-¿A dónde vas con tanta prisa? -preguntó el lobo a la princesita.

-¡Vaya! ¿Qué tal Ernesto? -la princesita detuvo su carrera y miró radiante al lobo- Te juro que no te había visto. Creía que esa era mi guagua.

El lobo rió entre dientes.

-¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Un año? ¿Dos?

-Que va, no hace tanto -la princesita abrió el segundo botón de su blusa y se ruborizó-. Creo que la última vez fue en la boda de Alejandro, por navidades.

-¡Es verdad! ¡Qué memoria tengo! -la miró directamente a los ojos- ¿Y tu novio?

-¿Juan? No... Lo dejamos hace unos meses.

-No sabes cuánto lo siento. No tenía ni idea -mintió el lobo haciendo un hueco junto a él en el banco de la parada, a la vez que me obligaba a retirarme peligrosamente a su borde.

-Ya ves -la princesita miró al suelo-, a veces las cosas no funcionan.

El lobo hizo una pausa y respiró hondo. No sé por qué, pero me recordaba muchísimo a mí mismo. Estoy seguro de que en su cabeza bullían mil pensamientos y que, como buen lobo, sabía que de lo que dijera ahora dependería el éxito de la caza.

-Creo que tienes razón, la última vez que te vi con él fue en la boda -contuvo el aliento-. A lo mejor son cosas mías pero, hubo un momento en que te dio un beso; lo note tan blando, tan falto de... No sé, como forzado.

La princesita guardo silencio y sobre la acera se dibujaron círculos oscuros que, al superponerse, crearon figuras curiosas y blandas, tanto como aquel beso.

-Lo siento -dijo la princesita secándose las lágrimas-, soy una tonta.

-Perdona, no pretendía...

-No te preocupes… Adiós Ernesto, esta sí es mi guagua.

-Se te escapó la presa -dije sonriendo mientras volvía a ocupar un lugar más cómodo en el asiento.

-Perdone, ¿cómo dice?

-Nada, hijo. Cosas mías.
13/04/2005 16:24 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Edipo

Nené, ven a la cama y dame un masaje de esos que le gustan tanto a mamá. Vamos hijo, no me digas esas cosas y ven ya. Hoy estoy muerta y necesito de tus manos más que nunca. Sí, eso es... Un poquito más fuerte. Así, en este lado... ¿Qué quieres decir con eso? Esto es sólo un camisón. ¿Te vas a asustar a estas alturas de verme así? ¡No te consiento esa manera de hablar! Vamos... hazlo por mí. Ya sabes dónde le gusta a mamá. Muy bien... así. Despacio, más despacio... ¿Por qué paras? Olvídate de tu padre, ese nunca vuelve antes de las seis. Además, no sabe cuidarme como tú. Ven, tonto. Eso es lo que quiero, obedéceme. Con cuidado, no tan fuerte... ¿Pero qué te pasa hoy? ¡Me haces daño! Pues claro que está bien, eres mi hijo, no hay nada malo en esto. Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Qué tiene ella que ver? ¿La has visto otra vez? Sabes que no lo apruebo. ¡Ven aquí en seguida! ¡No me dejes...! ¡No es cierto! Yo nunca te haría daño. ¿Cómo puedes pensar eso de tu madre? ¡Ven a la cama! ¡De eso nada, tú de aquí no te vas! Si sales de esta habitación, no vuelvas a pisar esta casa, ¿me oyes? ¿Me estás oyendo? ¡Ven aquí ahora mismo! ¡Nené!
13/04/2005 11:01 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

La Remesa

-Gracias. Para beber tráigame una coca-cola. No, nada más. Pues, como te decía, a mi ese tipo no me cae bien. No sé. A lo mejor es esa estúpida barbita, o ese aire de intelectual que se gasta, o la manera que tiene de hablar tan lento, como si rumiara las palabras... ¡Es que no lo soporto!

-¡Pues nadie lo diría! Cuando llego, le hiciste tu típico examen y creo que aprobó con nota.

-Tu calla y sigue leyendo que de estas cosas no entiendes. Camarero, ¿viene ya esa coca-cola, o que? ¡Ah, y tráigame otro sandwich de mechada!

-¡Huy, chica, mira que eres zorrona! Por favor, como tratas a Elvira...

-¡Bah, déjala! En realidad ni se entera. Mírala, cualquier día de estos se le va a caer un ojo de tanto leer.

-Sí, sí, reíros. Pero yo al menos aprovecho el tiempo.

-Nada, no le hagas caso, las novelitas rosa la deprimen. ¿Por dónde iba, cariño?

-Hablabas del nuevo. De Juan Antonio.

-¡Ah! Sí, ese. Créeme, no es trigo limpio.

-Pues yo lo veo superamable y superatento. El otro día, sin ir más lejos...

-¿Qué? ¿Le dio paso a una ancianita? ¿Te abrió la puerta para que pasaras delante? ¡Y tú te encandilaste como una simple! Espera que llega mi sandwich. Y que bien huele el "codenao". Gracias. No, sólo la cuenta...Te lo digo yo, cualquier día de estos vemos a ese tío en el telediario por haber descuartizado a su novia, y a una vecina pringada como tú diciendo: "no me lo puedo creer, era tan 'hiperamable'..."

-¡Cómo eres Patri! Si no te conociera me darías miedo.

-A mí lo que me da es pena. ¿Quieres que te diga lo que pienso? Pues que se la tienes jurada a ese pobre pibe porque es el único que no te ha hecho caso.

-¡Calla y sigue en lo tuyo, bruja! ¡Qué sabrá una...! Mira, mejor me callo.

-¿Una qué? ¡Anda, dilo!

-Venga va, chicas, no os peleéis. Además, ya se ha pasado la media hora. ¡Tenemos que volver!

-Me acabo el sandwich y pago, que hoy me tocaba a mí.

...

-Tranquilo, Juan. Ya se han ido.

-¿Estas seguro de que no me vieron?

-Nada, a pesar del cristal este biombo cumple. ¿Traes otra en la maleta?

-Sí, lo chungo es que ya huele.

-Déjame ver. ¡Vaya, sí que pesa! De aquí saldrán buenos filetes. ¡Tu jodida manía va a hacerme rico!

-Tío, no sé si podré seguir con esto.

-¡Eh! Ahora no me vayas a dejar tirado. A la gente le gusta y no me sales muy caro…

-Pero, ya se están mosqueando…

-En ese caso lo tienes fácil: Ya sabes que carne quiero para la próxima remesa.
15/04/2005 21:14 Enlace permanente. Hay 1 comentario.


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