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Relatos de Jorge Vedovelli.
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Mi calleMe gusta caminar mientras llueve. Me gusta el sonido del agua sobre los canales que hay en las baldosas. A veces me detengo y observo cómo esos torrentillos desaguan al océano de la calzada. La capucha de mi anorak gotea y me divierto con el cataclismo que provoca en ellos. Rápidos, remolinos, desvíos... Me gusta caminar mientras llueve. Pero sobre todo cuando es muy tarde, de noche cerrada.
A esas horas me siento propietario de mi calle. No hay nadie alrededor y soy el único testigo de cada una de las cosas que pasan en ella. Del reflejo de una farola en un charco. Del desprenderse de una hoja en los jardines. De la huída hacia las sombras de una cucaracha. A esas horas nadie me interrumpe y puedo pensar sin sentir cómo se anulan mis ideas. Camino de arriba a abajo, de esquina a esquina, dentro de los límites de mi calle.
Pero la noche no dura siempre y la luz del sol hiere mis aceras, deseca mis charcos, eleva la náusea desde los contenedores a reventar. Y las cucarachas salen de sus sombras. Invaden mis dominios. Pasan a mi lado sin mirarme, sin pagar peaje. Ignorándome, golpeándome con sus hombros al cruzarnos, murmurando retazos de sus vidas que atrapo sin querer, y lo odio.
Odio las huellas de sus suelas, los esputos del tabaco, el golpeteo de las puntas del paraguas. Odio su reflejo en el agua, el arco iris del aceite de sus coches, el roce de sus pieles en el cuero. Su pelo, su caspa, sus prisas, su torpeza y sus disculpas. Su indiferencia y su estatus. El fingir de sus sonrisas y el vaho exhalado de sus bocas.
Siento cómo me acorralan, cómo toman posesión de mi parcela, cómo se apoderan del aire que me ahoga. Me contaminan y envenenan. Huyo hacia mis sombras, pero me acosan y me sitian. Cercan mis jardines, espantan mis palomas. Reducen mis esquinas hasta hacerlas coincidir en una nada. Me estiro, abro los brazos y grito sin voz. Las aristas se clavan en mis manos. El cubo de sus calles me aprisiona. Se cierra sobre mí. No queda aire. No queda espacio. No queda luz. La cucaracha asoma sus antenas. Se burla. Palpa mi rostro y saborea.
Mi calle se hace hueca. Se deshace disuelta en mil pedazos. La pierdo en el giro del desagüe. En el cubo de basura. En la pupila de un cadáver. Me abandona. Se despide... Mi calle está vacía. No me inspira. No me duele. Ya no es nada. InerciaLos niños ríen en la esquina. El árbol blanco mueve ya sus ramas. Hastío por años de tortura rutinaria. Tus muñecas se doblan al cogerlas. El plástico crepita alrededor. El coche espera al sol del mediodía. La casa cruje y estira a cada paso. Mi pelo se pega húmedo en la frente. La lámpara caída no ilumina. La uña de tu dedo se ha partido. Olor a carne, olor a miedo, olor a mueca inútil, a mordidas.
Los niños callan en la esquina. El árbol blanco se resiste ante la brisa. Hastío de suspiros y reproches. Una impresión general desde el detalle. Tu cuerpo, crisálida sin mariposa. La mano fría cae inerte y roza el suelo. Ojos quietos, boca plana. El martillo aún gotea en la repisa.
Los niños lloran en la esquina. El árbol blanco se sacude de hojas muertas. Hastío de tu vida y de la mía. El trayecto hasta el lugar del desencuentro. Burbujas en la superficie del pantano.
Los niños de la esquina me señalan. El árbol blanco se dobla en mi camino. Hastío de culpa reprimida. Manos ajenas me detienen con firmeza. Insultos y saliva de ignorantes. Tu voz recia desbarata el pensamiento. La luz llega directa hasta mi celda.
Fuera los niños ya me ignoran. El árbol blanco florece en primavera. Hastío de preguntas sin respuesta. Hastío de existir sin esperanza. EdipoNené, ven a la cama y dame un masaje de esos que le gustan tanto a mamá. Vamos hijo, no me digas esas cosas y ven ya. Hoy estoy muerta y necesito de tus manos más que nunca. Sí, eso es... Un poquito más fuerte. Así, en este lado... ¿Qué quieres decir con eso? Esto es sólo un camisón. ¿Te vas a asustar a estas alturas de verme así? ¡No te consiento esa manera de hablar! Vamos... hazlo por mí. Ya sabes dónde le gusta a mamá. Muy bien... así. Despacio, más despacio... ¿Por qué paras? Olvídate de tu padre, ese nunca vuelve antes de las seis. Además, no sabe cuidarme como tú. Ven, tonto. Eso es lo que quiero, obedéceme. Con cuidado, no tan fuerte... ¿Pero qué te pasa hoy? ¡Me haces daño! Pues claro que está bien, eres mi hijo, no hay nada malo en esto. Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Qué tiene ella que ver? ¿La has visto otra vez? Sabes que no lo apruebo. ¡Ven aquí en seguida! ¡No me dejes...! ¡No es cierto! Yo nunca te haría daño. ¿Cómo puedes pensar eso de tu madre? ¡Ven a la cama! ¡De eso nada, tú de aquí no te vas! Si sales de esta habitación, no vuelvas a pisar esta casa, ¿me oyes? ¿Me estás oyendo? ¡Ven aquí ahora mismo! ¡Nené! Dibujos en el vahoLa lluvia caía sobre el cristal como con prisa por deslizarse hacia el capó. Mientras hablabas no pude evitar hacer dibujos con el dedo en el vaho de mi ventana. Sé que te fastidia que te dé la espalda en mi asiento y que siempre has considerado infantil mi actitud en estas ocasiones. Tal vez por eso lo hago. Es mi manera de vengarme de tu perfección. Siempre te pones como ejemplo y, sea cual sea mi actitud, tienes algo nuevo que reprocharme. ¿Qué más da lo que sea esta vez? Sabes que nunca recuerdo exactamente cómo empiezan nuestras discusiones. ¿Te importa tanto?
Aunque no puedas mirarme o hablarme ahora, sé que lo piensas. Estás en mi cabeza y todavía sigues torturándome. Sin palabras, ahora sólo con tu recuerdo. Me haces sentir pequeña. Como una eterna adolescente. Ya casi no hablo con nadie. No acudo a las reuniones, ¿para qué? Les veo pasar a mi lado sin una sonrisa, siempre ocupados, siempre grises.
A pesar de todo tú me comprendías. Sabes que no quería hacerte daño. Que era sólo un amigo más. Nunca imagine que para ti yo era otra cosa. Si me lo hubieras dicho aquella noche, mientras hacía dibujos en el cristal, habría despertado al fin. Te hubiera mirado a los ojos por primera vez y me habría reconocido en ellos. Pero hiciste tu elección y ahora la lluvia cae sobre el mármol como con prisa por deslizarse hacia tu lecho. Cuando vuelvaEsperar por ella, eso es lo único que hago.
Sentado en el jardín miro de reojo mi reloj y barro cada hoja que cae, retoco cada rama, enderezo cada tallo. Todo debe estar perfecto cuando vuelva. Con la mirada limpia y una nueva sonrisa en sus labios me dirá sin palabras que no ha sido en vano. Ya no debe tardar. Ella prometió volver y cuando lo haga empezaremos de nuevo, abriremos juntos sendas olvidadas, recordaremos el olor de la tierra húmeda cuando paseábamos bajo un mismo paraguas, sentiremos en el rostro el calor de un sol distinto cada amanecer. Cuando regrese haremos todas aquellas cosas sencillas que un día prometí y nunca hicimos.
Fuera llueve. Las flores del jardín se han marchitado. Cada noche las cubre la escarcha y mis manos, ahora nudosas y ateridas, intentan devolverles algo de color. A veces lo consigo.
Esperar por ella es lo único que hago. ¿Qué más puede haber a mi alrededor salvo ella? Algún día comprenderá y dejará su trabajo, abandonará su casa, a sus hijos, a él y vendrá de nuevo a mí y yo, como siempre, la estaré esperando aquí, sentado en mi jardín. Acotados-¿A dónde vas con tanta prisa? -preguntó el lobo a la princesita.
-¡Vaya! ¿Qué tal Ernesto? -la princesita detuvo su carrera y miró radiante al lobo- Te juro que no te había visto. Creía que esa era mi guagua.
El lobo rió entre dientes.
-¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Un año? ¿Dos?
-Que va, no hace tanto -la princesita abrió el segundo botón de su blusa y se ruborizó-. Creo que la última vez fue en la boda de Alejandro, por navidades.
-¡Es verdad! ¡Qué memoria tengo! -la miró directamente a los ojos- ¿Y tu novio?
-¿Juan? No... Lo dejamos hace unos meses.
-No sabes cuánto lo siento. No tenía ni idea -mintió el lobo haciendo un hueco junto a él en el banco de la parada, a la vez que me obligaba a retirarme peligrosamente a su borde.
-Ya ves -la princesita miró al suelo-, a veces las cosas no funcionan.
El lobo hizo una pausa y respiró hondo. No sé por qué, pero me recordaba muchísimo a mí mismo. Estoy seguro de que en su cabeza bullían mil pensamientos y que, como buen lobo, sabía que de lo que dijera ahora dependería el éxito de la caza.
-Creo que tienes razón, la última vez que te vi con él fue en la boda -contuvo el aliento-. A lo mejor son cosas mías pero, hubo un momento en que te dio un beso; lo note tan blando, tan falto de... No sé, como forzado.
La princesita guardó silencio y sobre la acera se dibujaron círculos oscuros que, al superponerse, crearon figuras curiosas y blandas, tanto como aquel beso.
-Lo siento -dijo la princesita secándose las lágrimas-, soy una tonta.
-Perdona, no pretendía...
-No te preocupes… Adiós Ernesto, esta sí es mi guagua.
-Se te escapó la presa -dije sonriendo mientras volvía a ocupar un lugar más cómodo en el asiento.
-Perdone, ¿cómo dice?
-Nada, hijo. Cosas mías. Iniciación¿Qué pensarían si les dijera que frente a mi casa vive una "chica playboy"? La verdad es que me lo imagino. Mi padre seguro que diría: "¡Menuda suerte, chaval!", o "¡A por ella, que eso no pasa dos veces!", y eso suponiendo que se diera cuenta, porque pasa más tiempo de viaje que en casa y, a decir verdad, no creo que le falten "chicas playboy". Lo que oiría con más frecuencia sería: "¡No jorobes, tío! ¡Cuenta, cuenta!" en boca de Francis, mi colega del tercero. No le interesan los rodeos ni las historias bien narradas, él va de la portada al final del cómic parándose únicamente en las escenas de violencia gratuita o sexo "de pago". Es repulsivo y fascinante a la vez ver la enfermiza dedicación con que desmenuza cada trazo dibujado, cada sílaba. ¡Todo un espectáculo! La verdad es que es un poco rarito... Bueno, en realidad, tanto como yo.
Mi madre, cuando logra despegar la cara de los calderos, me dice sólo tres cosas: que nunca llegaré a nada, que me cambie de ropa de vez en cuando, y que... cuando esté diciendo algo, me ciña a la historia y no me vaya por "los Cerros de Úbeda".
En fin, como les decía, frente a mi puerta había un bombón. Y digo bien "había" porque en este momento lo tengo al lado. Si alargara un poco la mano podría tocar la curvatura de su cuerpo bajo las sábanas. Ahora mismo duerme, lo sé porque no ha parado de roncar todo el rato. De sus labios, carnosos y casi perfectos, cuelga un hilillo de saliva que está manchando la almohada... Definitivamente, esto no es lo que había imaginado.
Ya me lo decía Tolkien... ¡Un momento! Creo que aún no les he hablado de ello. Tengo que admitir que esa es una de mis rarezas. A veces hablo con Tolkien. Sí, con el mismísimo J. R. R. Tolkien. Ya sé que puede parecer de frenopático, pero si se enteraran los de mi círculo -Francis y poco más-, lo considerarían más bien un sacrilegio. Pero, por suerte, nadie lo sabe. Es de locos, y yo lo sé, pero no puedo evitarlo. De hecho me hace sentir bien. Me ayuda a salir de ciertos "apuros", aunque para la mayoría de las situaciones no vale para nada. Por ejemplo, el otro día mi madre me obligó a bajar al "super" a hacer la compra. No se cómo se las arregla, pero nunca me da dinero suficiente, y encima me dice que debo llevarlo en su monedero amarujado "para que no se pierda". El caso es que, por enésima vez, me faltaron tres euros para completar la compra. Y encima había un imbécil detrás de mí con dos carros repletos resoplando y dando la tabarra (los querría para su bunker antinuclear, el muy idiota). Bueno, pues como decía, ese es el momento perfecto para pensar qué haría Aragorn en una situación parecida. Me viene una idea de éstas a la cabeza y al final, para nada. ¿Quién puede imaginarse a Trancos en la cola de un supermercado? Devuelvo un par de cosas, pago, farfullo con mi vocecita algún proyecto de disculpa y, con suerte si logro disimular los colores de mi cara, me marcho. Y, para colmo, seguro que la cajera es guapa. Si fuera uno de los adefesios que he visto en esa tienda, la escena hubiera sido más soportable, pero no, la chica sería guapa. Todo me sigue.
Era una mañana como cualquier otra, aburrida, gris... Vamos, de lo más deprimente. Bueno, creo que en el fondo no lo era tanto, pero había descubierto con horror otro de esos maravillosos granos que siempre me salen en los lugares más visibles de la cara. Debería coleccionarlos. A lo mejor algún día, cuando fuera famoso como los "pringaos" que salen por la tele, mis secreciones valdrían una fortuna. Pero por el momento no valen un pimiento.
Como decía, estaba saliendo de mi casa hecho unas castañuelas cuando casi me parto la crisma con un bulto que había atravesado frente a mi puerta. Si hubiera pillado en aquel momento al que lo puso ahí... me hubiera callado y me habría ido sin decir ni "mu". Soy así de intrépido. El caso es que me dirigí al ascensor soltando pestes y mirando el reloj. No sé por qué me molesta tanto que me hagan perder el ritmo. El tropezón, la caída y levantarme, no duró más de tres segundos, pero me "cortó el rollo" y si hay algo que odio es eso. Aunque, como todo lo mío, para nada. En realidad al instante siguiente estaría parado como un pasmarote, mirando durante casi treinta segundos cómo avanzan los numeritos en el ascensor. Parece que el tiempo pasa más rápido si usas las escaleras.
Cuando por fin se abrieron las puertas de aquel cacharro, se materializó ante mis ojos la criatura más bella que jamás había visto. Y esto no es decir poco, hay que tener en cuenta mi dilatada experiencia en el tema como internauta compulsivo. En algo se tendría que notar.
Puso su mano en el pecho, soltó un quedo "¡Huy, que susto!" e iluminó su rostro con una espléndida sonrisa.
- Eres mi vecino de enfrente, ¿no? -dijo extendiendo el brazo- Soy Ana.
Por un momento me quedé quieto y sin saber qué decir. Si me hubiera visto mi padre, me habría dado una colleja, pero yo en aquel momento no era capaz de coordinar dos ideas seguidas, y tenía miles.
-Bueno -dijo por fin-, ¿me dejas pasar?
- Oh, sí...Disculpa.
- Visítame cuando quieras, ¿eh?-dijo mientras caminaba hacia su casa- Ya sabes dónde vivo.
- Me... me llamo Luis.
- Pues hasta pronto, Luis.
No pareció ofendida porque no le diera la mano. Aunque me hubiera dado cuenta de ello, no habría podido. Mis músculos eran de granito, y me temblaba todo el cuerpo. Era demasiado simpática para no darse cuenta del mal trago que estaba pasando. La verdad es que las mujeres ignoran hasta qué punto son poderosas. Me extraña que no sean ellas las dueñas del mundo y sí los hombres. Quizá su problema sea la falta de ambición: les gusta ver el efecto que causan pero no le sacan partido.
Ya tenía un nuevo motivo para sentirme inútil. Mi actuación ante aquella hermosura no fue la propia de un John Wayne. Más bien hice el indio... una vez más. Con estos alegres pensamientos me encaminé al campo de concentración de adolescentes. Como siempre, llegaba tarde a clase.
Un par de días después, mi madre me mandó uno de sus encarguitos. Tenía que subir a la azotea a tender la ropa. No es que me molestara hacerlo (de veras, me encanta el olor a ropa húmeda recién lavada. De chico disfrutaba como un loco con esas cosas. ¿Por qué todo ha cambiado tanto?), pero no dejaba de ser una orden y me fastidia mucho que me manden, sobre todo mis padres.
Allí estaba yo, con mis "walkman" enchufados, aislado del mundo. Entonces apareció ella. "¡Dios mío!" -pensé-, "¡ahí está!" Parece mentira cómo usamos en nuestro lenguaje el nombre de Dios. Quien nos oyera podría pensar que somos de lo más puritanos. Y, en lo que a mi respecta, no hay nada más equivocado. De hecho no hago otra cosa que dudar. Más de una vez he salido de la clase de química, o ciencias naturales, o matemáticas, para entrar, acto seguido, en la de religión. Parecen compartimentos estancos. En unos sitios te enseñan a creer lo que en los otros descubres sin sentido. Al menos la física y la química, a veces, demuestran lo que dicen en el pequeño laboratorio que tenemos en el sótano. El cura aún no ha hecho nada parecido. Si me oye mi madre me mata, para esas cosas es muy suya.
Como decía, ella apareció. Al verme me saludó por mi nombre y sonrió. Llevaba puesto un camisón estampado y unas cholas de esas de meter el dedo gordo. A otra mujer aquello le hubiera sentado como un tiro, pero no a ella.
Los tendederos estaban demasiado unidos (cuestión de ahorro, según imagino) y muchas veces, al quitar las trabas de la ropa y apartar los cabellos que le caían sobre la cara, daba latigazos en la mía con su pelo. Si eso era un castigo, prometo que siempre seré malo. Entonces me di cuenta de que no llevaba nada debajo. Tuve suerte de tener a mano una columna, si no creo que me hubiera caído redondo al suelo.
Cuando terminó, cogió una cesta enorme de esas de plástico que se rajan de un toque, puso toda la ropa dentro y la levantó. La cara se le puso toda colorada, creo que por el esfuerzo.
- ¿Te... te ayudo?
Colocó aquel enorme contendor sobre la barandilla y se giró hacia mí.
- ¡Vaya, si va a resultar que eres todo un caballero!
Miré al suelo un poco molesto por su tono. Tal vez lo sea, pero no me gusta nada que me traten como un crío.
- Lo siento -dijo-. Puedes echarme una mano si quieres. La verdad es que lo necesito.
Se apartó y dejó que yo acarreara todo aquel peso. Si no hubiera sido por ella, habría tirado aquella cosa por el hueco de la escalera.
Aún no sé como no me maté al bajar. Sobre todo porque alguno de los peldaños lleva suelto desde que tengo narices y nunca he sabido cuál de ellos es. A cada paso aquello pesaba más y el ascensor no llegaba a la azotea, así que me tendría que chupar dos tramos completitos de escalera hasta llegar a nuestra planta.
- ¿Estás cansado? ¿Quieres parar un momento?
- No -dije manteniendo la respiración, no fuera que se me escapara la fuerza por la boca.
- Como quieras.
Saber que estaba detrás de mí, daba vigor a mis brazos y me hacía caminar más recto de lo que tengo por costumbre. Mi traumatólogo dice que sufro una "ligera escoliosis cervical", si me viera ahora le daría un síncope.
- Espera. Deja que pase delante.
Ya estábamos en nuestro rellano. Dio una graciosa carrerita y se plantó frente a su puerta. No pude evitar imaginar el delicioso bamboleo de sus pechitos al pasar junto a mí.
Debía felicitarme, había superado la prueba de obstáculos. Ahora había que dar la talla en otra de resistencia. Ana, igual que mi madre, podría tardar horas en dar con la llave correcta. Las mujeres suelen ser un hacha para ese tipo de cosas.
Finalmente entramos.
- Pasa. Deja eso por ahí mismo -dijo señalando la mesa de la cocina- Ve al salón y pon la tele si quieres, voy a darme una ducha...
- Es que... Yo creo que no...
- No se te ocurra marcharte, ¿eh? Eres mi invitado. Tengo refrescos en la nevera, coge uno si te apetece. Yo vuelvo en seguida...
Soy de los que suelen estar incómodos en cualquier situación. Siempre me parece que estoy fuera de lugar y que no hago más que un espantoso ridículo. Además, aunque esté solo, no puedo evitar sentirme observado. Es muy desagradable, en serio. Para ser sincero, no veía la hora de volver a mi habitación y despatarrarme en la cama. Echo el cerrojo, pongo la música a tope y desconecto. ¡El paraíso!
Al rato salió del baño con la piel brillante, descalza y con una toallita blanca que pretendía, sin el menor éxito, cubrir sus formas. Con otra más pequeña, terminaba de secarse el pelo.
- Me alegro de que no te hayas ido.
- No iba a hacerlo -mentí-.
Se sentó en el sofá, puso un pie sobre la mesa de centro y se pintó las uñas mientras me hablaba. No paraba de parlotear. Me preguntaba cosas, se reía, se respondía ella sola... Yo, mientras tanto, no tenía ojos para otra cosa que no fueran sus piernas. En medio de su conferencia, a veces, las abría algo más de la cuenta (quiero creer que sin intención) y a mí se me salía el corazón por la boca.
Hubo un momento exacto en que me pilló. Sentí que toda la sangre de mi cuerpo subía a mi cara y la inflaba como un globo. Ella sonrió con malicia, palpó la abertura de la toalla y, sin taparse, me miró a los ojos. Entonces entreabrió los labios muy lentamente y los acercó a los míos... El resto se lo pueden imaginar.
Parece que ya abre los ojos.
- ¡Vaya -se limpia la boca con la palma de la mano-, me quedé dormida! No te habrá molestado, ¿verdad cariño? -mira el reloj de la mesa de noche- ¡Qué tarde es ya! Parece mentira cómo corre el tiempo. Debes marcharte, mi marido estará al caer. Si te soy sincera -se desprende de la sábana y se levanta-, no lo hubiera creído de ti, pero te has portado -besa su dedo índice y lo posa en mis labios-. No te preocupes ahora por el dinero, mañana lo arreglamos, ¿vale? ¡Ciao, cielo! La fábula del hombre que tenía MiedoUn día, hace menos tiempo del que puedas imaginar, conocí a un hombre que tenía miedo. No sabía bien por qué, ni cuál era exactamente el objeto o animal que le producía esa ansiedad. Sólo sentía una aprensión inmensa, constante, que le agarraba por el cuello y no le dejaba respirar ni pensar.
Buscó ayuda en otros hombres, en los libros o en el fondo de los desvanes de las casas más viejas de su barrio, pero fue inútil. Jamás encontró nada que mitigara sus temores y esto hizo que su miedo aumentara y aumentara, sin que fuera capaz de ponerle freno.
Entonces, cuando creía que ya no podría soportarlo, le vino a la cabeza una idea. Tal vez se había equivocado todo este tiempo y en lugar de luchar contra ese enemigo implacable, debía ponerse de su lado, agasajarlo, adorarlo y conseguir en él un amigo, un aliado. Y así fue cómo inventó una ilusión que lo sustituyera en el duro trabajo de ser él mismo; alguien omnipotente, ubicuo, incoloro e insípido. Algo así como un Dios.
Resultaba maravilloso comprobar cómo crecía alimentado por plegarias, pecados y culpas. Su poder era inmenso, al menos hasta donde alcanzaba la vista en su pequeño altar de la solana. Y fue entonces cuando pidió más. No era suficiente con un feligrés, por muy devoto y abnegado que éste fuera. El estómago del Dios necesitaba nuevas oraciones y penitencias con las que alimentarse. Por ello, una mañana muy temprano, se comunicó justo al lado de la oreja derecha de su único creyente.
Hijo mío, dijo con voz poderosa aunque algo hueca, como de falsete. Necesito que alguien más crea en mí. Entiéndeme, no es que tus salves y misas solemnes sean poca cosa, ni que me crea un Dios merecedor de grandes celebraciones, se trata más bien de una cuestión práctica. Tú, aunque fidelísimo, eres sólo uno, y ya se sabe que Iglesia somos todos, a ver, dime, ¿qué pasaría si tú murieras?, por obra mía, naturalmente, dime, ¿qué sería de mí entonces? No, definitivamente eso no es serio. Debes tomar tus bártulos, pocos, eso sí, y en mi nombre evangelizar por esos mundos hasta que consigas un número suficiente de adeptos que, en caso de desgracia, puedan suplirte y hacer suyas tus funciones. Yo creo que es de lo más razonable, y si tú no lo crees da igual: yo te lo ordeno.
Sin embargo, dijo el hombre, hay un problema. No sé cómo debo llamarte. Sin nombre nadie sabrá a quién dirigir sus plegarias. Los demás dioses tienen nombre y es justo que tú, mi Dios, luzcas también uno.
No, respondió el Dios, no quiero que me pongas ningún nombre. Quiero llamarme simplemente Dios, así con un nombre común como nombre propio seré más cierto que esos otros dioses que pueden hacerme competencia. Sólo hay un Dios, y ese soy yo. Además, continuó, ahora que puedes llamarme, deberás hacer que todas las palabras que se dirijan a mí lo sean en mayúsculas, para, de esta forma, equiparar las letras del escriba a la magnitud de mis poderes. Y así se hizo. Cualquier palabra que se refiriera a ÉL, debía ser escrita en letra de carácter superior, ya que al dirigírseLE podía perdérseLE el respeto si se hacía de alguna otra forma inconveniente que pudiera terminar por ofenderLE.
Ahora puedes marcharte, dijo Dios, y mirando SU obra, y viéndola buena, descansó mientras el hombre tomaba la vereda que salía de su barrio y se encaminaba hacia otros lugares donde encontrar quién le escuchase.
Era, se decía, portador de Grandes Nuevas pero, en vista de lo poco que tenía que ofrecer, la mayoría de la gente le daba la espalda, y los que no, simplemente le seguían los pasos un poco por curiosidad y un poco por si acaso, no fuera que, entre tanto charlatán, éste precisamente encerrara en sus palabras el don de la Vida Eterna.
Al principio fue sólo uno, pero en breve legiones de seguidores, espoleados por el engrudo invisible que hace unir una multitud a otra, repetían sus palabras, sacralizaban sus huellas o gritaban su nombre a la entrada de los pueblos, justo antes de que este nuevo profeta cruzara las lindes. Un Dios con semejantes multitudes, devotas y entregadas, necesitaba pruebas de SU poder. No parecía suficiente con las palabras. Los adeptos a otras confesiones murmuraban ya, y dudaban razonablemente de las capacidades de Este Dios advenedizo. Al menos los suyos habían demostrado (no ya por ciertos, sino por viejos) la solidez de sus bases, hechas cuerpo de piedra, en mil templos y catedrales.
Por ello aquel Dios de la Solana tuvo SU primer edificio. Era modesto, sí, pero hermoso y decorado con tal amor espiritual que hasta la cima, coronada por una flor de loto, refulgía y titilaba radiante en todo amanecer y en todo ocaso.
Sin embargo, algo no acababa de encajar. Los más sabios, con el hombre a la cabeza, cavilaron durante días a puerta cerrada con la esperanza de encontrar la piedra que mantuviera en pie el arco de su nueva fe. Y fue entonces cuando Dios habló de nuevo en la oreja derecha del hombre.
Tus pensamientos están CONMIGO, lo sé, es tu deber, pero también debes saber que no sólo un edificio da consistencia a un credo: Necesitáis de MI consejo. Encamínate a lo alto de una palmera. Allí, en la copa, donde las espadas vegetales puedan herir con más saña tus carnes, MI Verdad te será revelada. ¡Levántate y anda!
Y el hombre abandonó a los sabios, abrió las puertas y, entre una multitud contrita, dirigió sus pasos al pie de la palmera señalada. Y se despojó de sus ropajes, y se descalzó de sus sandalias, y salivó con devoción las palmas de sus manos, y colocó un pie en los primeros salientes podados de la palma, y luego el otro, y después las manos, y así ascendió hacia los cielos impulsado por el aliento contenido de los que abajo lo observaban, y llegó a la copa, y apartó las ramas, y entre las espinas que le herían encontró un nido de paloma, y bajo el nido un lienzo, y bajo el lienzo un papiro, y escrito en el papiro en letra mayúscula como correspondía a Dios, SU palabra. Y ella decía:
“Sólo una cosa ME preocupa, que no creáis en MÍ. Si de MÍ apartarais vuestra fe, yo sería un Dios hueco y me desvanecería en la penumbra como cualquier otra ocurrencia de los hombres. Por ello sólo un mandamiento os doy, creed en MÍ sobre todas las cosas. Lo demás os será dado por añadidura.”
Y los hombres acogieron con orgullo aquel verbo, dictaron normas que impidieran su interpretación torticera e inventaron palabras nuevas y sonoras, como Herejía, Apocalipsis o Sacrilegio. Y aprendieron a purificar con el fuego, a desbaratar sediciones, a erradicar toda duda. Los hombres nacían como pergaminos limpios y morían con los garabatos de la fe. Comulgaban con las normas y aprendían a repetir consignas salvadoras. Tuvieron un motivo para verse diferentes, quien no profesara sus creencias no era digno de compartir el mismo aire.
Pero el tiempo pasó y, después de servir durante tantos años a su Dios de Solana, de construirle templos sobrecogedores, estatuas mayestáticas, símbolos universales y piezas únicas de arte sacro, el hombre, aquel individuo empequeñecido por la magnificencia de su Dios inventado, seguía sintiendo miedo. De nada había servido hablar en SU nombre, esclavizar en SU nombre, amenazar en SU nombre, luchar en SU nombre, matar en SU nombre. Seguía teniendo el mismo miedo de siempre, pegajoso, insistente.
Y una mañana despertó. Nada parecía haber cambiado, pero en su mente bullía una idea. ¿Y si olvidaba a ese Dios? ¿Y si estuvo equivocado al realizar sacrificios en su honor? ¿Y si todo aquello no había sido más que una gran pérdida de tiempo? ¿Y si dejara de ser niño y soltara al fin la mano que lo dirigía? ¿Y si de una vez tomaba sus propias decisiones? Entonces se dio cuenta. No temía a la noche, ni a los ruidos, ni a la altura, ni al supuesto caos que seguiría a su impiedad: se temía a sí mismo, tenía miedo de avanzar en plena calle sin la barandilla de su padre y resbalar impotente en la escarcha. Tenía miedo de ser libre.
Su Dios perdió sentido, se disolvió en el recuerdo como una nube en días secos, y comprobó que los cielos no caían, ni la tierra se rasgaba, ni los hombres huían presa de espectros desatados. No ocurrió nada.
Se miró en el espejo y abrió las ventanas. Gritó a los tejados, salió al patio y de allí a plena calle. Compartió su buena nueva, sacudió a los viandantes con la nieve en los tobillos y el vapor de su aliento colgado del bigote. Corría de uno a otro, tomándoles la mano, tirando del abrigo, sonriente, redimido, proclamando su verdad, convenciendo entusiasmado, pero nadie le escuchaba porque su miedo no era suyo… ahora era de ellos. La GranjaSiempre había creído que el truco de ponerte droga en un vaso de coca-cola era una estupidez, una leyenda urbana, algo que sólo le pasaba a los cretinos. Pero conmigo funcionó.
Al principio era invisible. Nada había en él que me llamara la atención. Su ropa no estaba a la moda, no tenía el pelo adornado con algún corte grotesco, con extensiones o coletas extravagantes. Su actitud no era estudiada, ni sus posturas habían sido sacadas del último catálogo de Andros. Su transparencia era perfecta.
Después supe que habíamos coincidido en otros sitios: en la estación del magneto, en la sala de comida rápida, bajo el toldo de una tienda cuando te sorprendía una sesión de lluvia programada.
Siempre coincidía con él, ahora lo sé, o al menos con alguna de las versiones de él que merodeaban por la ciudad en busca de vientres frescos.
Su tasa de éxito debía ser sorprendentemente alta. ¿Qué chica con la pituitaria sana podría resistirse a sus encantos químicos? Yo, desde luego, no lo hice.
Al principio me mostré indiferente, casi desdeñosa, tal y como exigía el programa genético que todas llevamos dentro. Yo no cedo mi único y precioso gameto al primer desarrapado que me dedique una sonrisa. Tendrá que esforzarse un poco más.
Sin embargo, con él (o con la mierda que había en el vaso) fue distinto. Me liberó de la extenuante tensión del rechazo. Sentí por primera vez el deseo de cazar antes que ser víctima. Vi mi cuerpo acorralándolo, volcada sobre él, asomada al vacío de un instinto casi masculino. Un arrobamiento desbocado que ansiaba mi sexo contra el suyo. Mareas de lujuria que exhalaba en cada gota de sudor y de saliva. Yací sobre él y lo poseí cientos de veces durante miles de noches que hice una. Insaciable, depredadora, como siempre creí que sólo podían serlo las zorras de la esquina. Y cuando el vértigo se hizo insoportable y deseaba desprenderlo a la fuerza de mi abrazo, derramó en mis entrañas sus licores, que engullí con anhelo animal, que atesoré en mi vientre como si se tratara del bien más preciado, como si su posesión fuera lo único en dar sentido a mi biología. Ése era el premio a sus esfuerzos.
Después caí en la ausencia. Inmóvil, vertical, casi cultivada; mientras el parásito crecía entre mis piernas. Seres de metal medían mis constantes, suministraban cócteles de vida bajo la aséptica luz del corredor.
Mis brazos se estiraban hacia arriba, dejando vulnerable el anverso a los pinchazos. Me adivinaba desnuda, sometida al control y vigilancia de ojos sin deseo, mera cápsula de cría de una nueva remesa de niños sin futuro.
Frente a mis ojos, un panel proyectaba imágenes de paisajes acompañadas de trinos, crujido de hojas secas y el golpeteo narcótico de un suave ritmo alfa. Campos dorados de trigo, olor a tierra húmeda, abetos nevados o montañas imposibles que reflejan su imponencia en la superficie de algún lago.
A veces lograba acumular voluntad suficiente para despegar mi barbilla del pecho y mirar alrededor. Entonces descubría que no estaba sola. Había otras mujeres como yo, colgadas por los brazos y con la huella del lamento en la mirada. Las veía como espejos de mí misma. Eran mujeres con la edad marcada en el hueco de sus ojos, de sus dientes. Exprimidas hasta que su producción disminuía. Entonces desaparecían para rellenar su ausencia con alguien de piel nueva y ojos aún desafiantes.
Sus vientres retenían las patadas de su carga en una sucesión de sacudidas más violentas cuanto más crecía alimentándose de ellas. Nueve meses comprimidos en diez días. Entre imágenes y sonidos confusos, sentía sucederse las extracciones y los implantes, llegando a convertirse en mi única manera de medir el tiempo.
Nunca llegué a sentir dolor. Una insistente modorra confundía mis sentidos, como si un embotamiento general impidiera reconocer mi estado, como si hubiera nacido entre aquellas paredes y cualquier otro recuerdo no fuera más que la interpretación arbitraria de algún sueño. Veía en ellos edificios de cristal que reflejaban la premura de la acera. Los quehaceres de mil vidas con tiempo sólo de mirar su propio ombligo. Prisa por llegar, por sentir, prisa por jamás llegar a ser, o por ser sin llegar o sin sentir.
El llanto coral me despertaba. Todos a un tiempo, extraían de nuestros vientres distendidos los productos de una cadena de montaje. Ya me habría acostumbrado a ello de no ser por el gañido animal que escupían aquellas criaturas. Se retorcían deformes entre los brazos mecánicos que las acogían. Mezcla indistinta de piel consumida, venas y placenta, extendían sus brazos entre espasmos inseguros en busca de un consuelo que jamás les llegaría. No lloraban como niños. No se agitaban como niños. No eran niños.
Algunos carecían de extremidades y donde debía haber un rostro, sólo se abrían fauces. Otros eran indistinguibles de un lagarto, con grandes ojos compuestos y rabos en constante movimiento. Híbridos genéticos, quimeras, abominaciones hechas carne.
Yo era testigo indiferente de aquellos prodigios. Los contemplaba frente a mí como se percibe el campo a través de la suciedad de una ventana. Sin embargo, fue la visión del último engendro que arrancaron de mis entrañas la que acabó por destruir mi debilitado entendimiento. No había en él ningún atisbo de humanidad, era una baba que se retorcía espasmódica al sentir el contacto con el aire. La noté fluir, arrastrarse desde mi útero hacia las pinzas de la máquina que la extraía. Se deslizaba entre los pliegues de mi sexo con una viscosidad gelatinosa, estirándose y expandiéndose infinita como sin querer abandonar la humedad acogedora de mi cuerpo, como si hubiera anclado unos tentáculos en las paredes de mis vísceras y se aferrara a ellas entre violentas sacudidas decidida a no ser extirpada. Yo sólo podía gritar, implorar la muerte, acabar de una vez con aquel tormento. Sin apartar mis ojos de él, sin dejar de sentir repugnancia, temor, y el deseo irracional de sostenerlo entre mis brazos y alejarnos de aquel sufrimiento que compartíamos más allá de todo rechazo. Él era todos los demás, su carne amorfa simbolizaba a todos aquellos que mi ser había dado vida. No era ya una criatura ajena, era parte de mí y me aferré a su existencia como si fuera el ser más hermoso, el más deseado. Fue entonces cuando a pesar de mis aullidos de pánico, otra de aquellas máquinas se acercó a él y lo cortó en dos, dejando caer al suelo una de sus mitades. Con horror vi cómo estallaba con un sonido de vómito en el mármol. La otra mitad se agitaba entre mis piernas herida y sangrante, pugnando por penetrar de nuevo en mí, por refugiarse y lamer sus heridas en el foso de mi cuerpo. Y yo deseaba protegerla, deseaba desatar mis manos y ayudarla empujando con los dedos para que volviera dentro. Y la máquina leyó mis pensamientos. Liberó mis muñecas y dejó que cayera retorcida, inútil, con los músculos fláccidos y los huesos reblandecidos por la falta de ejercicio. Pero estaba decidida a impedir que arrancaran de mí el fruto que sembraron.
Ahora sólo recuerdo el tacto húmedo del suelo. La rugosa superficie del asfalto, entre el olor ácido de naranja descompuesta y el amoniaco de la orina de un borracho.
Únicamente mis manos obedecen y con ellas logro arrastrarme hasta una esquina llena de trozos de papel, alguna colilla y ratas. Mis ojos me duelen y siento la piel de mi vientre como un lastre; rugosa y deforme tal que una vejiga perforada. Palpo entre mis piernas con la yema de los dedos y siento su forma aún presa de mi abrazo. Ya no se retuerce, no pugna por salir de su guarida. Tan sólo está aquí, asomado, sereno. Con el perplejo interrogante que la muerte y la ignorancia dibujan en los inocentes. Oscuridad—¡Maldito tráfico! No oigo ni lo que digo... Cuídate mucho y no dejes de venir por Navidades.
—Descuida, mamá. Mira, el taxi ya está aquí…
—Ya sé que Daniel es un poco... ¿Cómo decirlo? ¿Déspota?, pero te quiere y además, es el padre de tus hijos.
—Lo sé, no me lo recuerdes. Mamá, tengo que dejarte o esto me saldrá un ojo de la cara. Cuida mucho de papá. Un beso.
—¿A dónde la llevo, señora?
—A Lugo, por favor.
Pobre mamá, cree que todo se soluciona agachando la cabeza. Ojalá lo de Daniel fuera sólo despotismo. Por qué será que todos los taxis huelen a orines o vómitos. En fin, espero que este tipo sea de los calladitos, sólo me faltaría aguantar una conferencia de política y fútbol. Ya estamos saliendo de la ciudad. Parece mentira que durante casi toda mi infancia éste haya sido el único lugar de mis andanzas. Ahora que lo veo de nuevo no resulta tan amenazador e inmenso como antes. Debo aprovechar el tiempo. Menos mal que he traído algunos textos para corregir. ¡Vaya! Este hombre otra vez con cuentos infantiles. Y eso que dejé muy claro que hicieran sólo una redacción.
“Era aquella una serena tarde de abril en la que todos los animales de la granja aguardaban con expectación el ansiado momento. Uno..., dos, tres..., ¡cuatro hermosos cachorros! Linda estaba exultante de gozo, había superado una prueba casi imposible, sobre todo después del accidente.”
No puedo evitarlo, leer en los coches me marea. Abriré la ventanilla un poco. Ahí están los campos de girasoles. Tan puntuales como el día de mi marcha, sólo que entonces eran más bien una promesa de libertad y un nudo en la garganta.
“El amo lo llamo Granuja y, la verdad, no se equivocaba. Era, con mucho, el perrito más revoltoso, no ya de la granja, sino de la aldea entera. Mordía, ladraba, gruñía..., sólo verlo era todo un espectáculo. Linda lo observaba con cierta aprensión, no en vano esta misma viveza fue la que tan caro acabó por costarle. Se negaba a ver reflejada en el cachorro su propia suerte.”
Espero que los niños lo comprendan. Ya sé que estuvo mal, pero necesitaba esa escapada. Las cosas ya no son como eran. A decir verdad, “nunca fueron lo que eran”. Tiene gracia, recuerdo esa frasecita pero no el nombre de quien la dijo. Mi memoria es un asco. Como dice papá, tengo que prestar más atención a los detalles.
“Granuja sentía una extraña fascinación por esa enorme línea gris que se recortaba en su horizonte, mas allá de los cultivos. A veces, manchas de colores la cruzaban a lo largo con un gruñido ya familiar, día y noche. No era capaz de comprenderlo, pero ese mismo sonido, para él narcótico, conseguía inquietar a su madre hasta la locura.”
Parece que los sembrados van dando paso, por fin, a las casas. Ya son visibles las primeras granjas y jardines domésticos. Aunque nunca la he vivido, hubiera deseado una existencia más natural y con menos preocupaciones; más simple y menos responsable. Creo que lo correcto al llegar, será sentar a Daniel, apagar la tele y aclarar nuestra situación. Seguro que está hecho una fiera, aunque para eso nunca le faltan ganas. Y, como siempre, la culpa será mía. Jamás he conocido a alguien con menos autocrítica que él.
“Debía ser mediodía y, en un descuido de su madre, el cachorro tomó el camino de la línea gris. Estaba decidido a averiguar, de una vez por todas, qué era aquello.”
Vaya, otro insecto se ha estrellado contra el parabrisas. De él sólo queda ya una mancha repugnante.
“Ya faltaba menos para llegar. La línea gris, ardiente e irregular, se hacía más ancha a cada paso.”
Tengo calor. Espero que pronto encontremos un lugar dónde almorzar.
“Granuja se sentía más excitado y alegre. Sólo unos pocos metros le separaban de su meta.”
¿Qué es ese ruido? Parecen ladridos.
“Apresurada y jadeante, Linda le seguía, llamándolo.”
¿Qué será eso que asoma a la derecha del camino?
“Una enorme mancha blanca se abalanzaba sobre él ya en medio de la calzada. Por primera vez sintió lo que era el miedo. Vio a Linda, a sus padres, su casa en Lugo, a Daniel, a sus niños... Un golpe seco, dolor, combustible derramado, ruido de cristales rotos, unos ojos que miran sin mirar...”
Oscuridad. La PuertaEn cuanto deje de llover, entraré y lo mataré.
Una puerta chirría y se cierra de golpe.
No hay rabia en mí, tal vez ni siquiera indiferencia. Es mi trabajo. Para eso me pagan, y lo hacen bien.
La puerta chirría y golpea de nuevo.
No sé su nombre ni su aspecto. Sólo sé que está ahí dentro, esperándome.
Después del aviso hice mis propias averiguaciones. No pudieron ocultar que otros como yo lo intentaron antes, pero no lo consiguieron. Por eso estoy yo aquí. ¿Soy el último, o quizás el siguiente?
En cuanto deje de llover, entraré y lo mataré.
Chirrido. Golpe.
Colgado del retrovisor se mece un rosario. El sol le ha hecho perder su color, pero me gusta. Lo conservo ahí más por superstición que por fe. No creo que llegado el momento me libre de una bala que lleve grabado mi nombre.
La espera se estira y acomoda como una parte de mi. Ya no miro el reloj: el ritmo de los truenos marca el tiempo.
¿Quién será? ¿Tendrá familia? ¿Alguien llorará por él cuando muera? ¿Morirá?
En cuanto deje de llover, entraré y lo mataré.
Chirrido. Golpe.
Aunque me apetece, sé que no puedo encender este cigarro. Jugueteo con él dentro del bolsillo. Se deshace. Luego tendré que dar la vuelta al forro.
La lluvia arrecia. Respiro hondo y me acomodo en el asiento. ¡Qué demonios! Me acerco el cigarro a la boca. Aprieto el encendedor y espero.
La puerta chirría y golpea al otro lado, detrás la lluvia. Su gemido me recuerda a él, a mi padre. Salió sin despedirse, sin mirar atrás, como hacía siempre. El crujido de un arma al cargar, el disparo y la masa de su cuerpo contra el suelo. Eso fue todo. Eso nos libró de él.
El chirrido de la puerta tras la lluvia. Golpe.
Tal vez por eso no bebo, por las palizas, por los huesos rotos, por madre. Lo hubiera matado mil veces. No me atreví. Aquella puerta, como esta, se abre y golpea. Nos abrazamos. Ya está aquí. No papa, la vas a matar, déjala.
La puerta chirría. Ha dejado de llover. No hay golpe.
Pasos. Me mira al otro lado de mi ventanilla. Salta el encendedor. ¡Mi revolver! El crujido de su arma al cargar. Un disparo. Camino a casaSofía se volvió a mirarlo. Por un momento dejó de ser transparente y ocupó toda su atención. Como es lógico, él había pensado en algo distinto para este primer contacto (que la maestra, doña Elvira, te llame la atención por masticar chicle en clase, no es la mejor manera de conocer a alguien), pero era un comienzo.
La mochila siempre pesaba demasiado y el camino a casa, a través de aquella carretera, justo al lado del puesto policial, se hacía eterno bajo el sol de un verano que no acababa de llegar. Sin embargo, parecía que su mente no estaba allí. Le pertenecía a ella. Imaginaba su expresión al mirarlo y el giro de su pelo al volverse de nuevo a la pizarra.
Despertó con un inusitado entusiasmo. Hoy era el último día de clase y, aunque a partir de mañana no la vería en el colegio, podrían coincidir en el Parque Central o en el vecindario. Sólo era cuestión de dejarse ver.
Casi con desidia, la maestra pasó lista. Los nombres de cada uno eran respondidos por sucesivos y adormilados "¡presente!". Sin embargo, hubo silencio cuando la nombró a ella. Todos miraron a su asiento vacío, pero sólo él sintió pánico.
—Temprano comenzó Sofía las vacaciones —murmuró la profesora—. Lo extraño —dijo mientras rebuscaba en el buzón de su taquilla—, es que no me haya dejado ninguna nota...
—Señorita —interrumpió uno de los niños—, creo que se le ha caído este papel.
—Ya... —dijo mientras leía— Claro... El padre de Sofía adelantó su viaje. Bien, ¿seguimos?
"¿Bien?" Aquello era más de lo que pudo soportar. La agitación al respirar se hizo intolerable, el pulso acelerado golpeaba a los lados de su cuello y el sudor de sus manos formaba pequeñas islas de vaho en la formica de su mesa. Se levantó apoyándose en el pupitre, trastabilló torpemente contra una silla, y salió de la clase dando un portazo. ¡Tenía que volver a verla!
Corrió y esto le hizo sentirse mejor. El aire, mezclado con el eco de su nombre, le zumbaba en los oídos y un tenue sabor a sangre empapó su paladar.
Al final de la calle encontró la casa. Algunos operarios cargaban cajas y muebles en un camión de mudanzas. Detuvo su carrera frente a la puerta abierta. Se dobló sobre sí mismo e intentó recobrar el aliento antes de preguntar por ella. Uno de los obreros lo apartó a un lado con el codo mientras resoplaba llevando una mesilla de noche. El siguiente reparó algo más en él, pero su respuesta fue cualquier cosa menos alentadora: "Lo siento, chico. Aquí ya no hay nadie".
Las palabras de aquel hombre le devolvieron a la realidad. Se sintió estúpido, fuera de lugar; esperando un imposible frente a una puerta extraña. ¿Qué diría su madre si lo viera?
Decidió huir, correr de nuevo y sentirse vivo. ¿Cuándo la volvería a ver? ¿Representó algo para ella en realidad? ¿Sería capaz de hablarle la próxima vez?
No sabía por qué, pero el esfuerzo de la carrera le animó. Sus preguntas, al principio sombrías, dieron lugar, poco a poco, a una esperanza: el verano acabaría pronto y volvería a oler su pelo, a verse reflejado en sus ojos, a imaginar el calor de sus manos...
El puesto de control seguía allí, justo a medio camino entre su casa y la escuela. La mochila, como siempre, pesaba demasiado. Dos policías, un hombre y una mujer, conversaban junto a un coche blanco. Los oídos le zumbaban, no era molesto, pero podía sentir con claridad el bullir de la sangre en su cabeza, mayor con cada zancada. La conversación era agradable, a veces la mujer sonreía y se ruborizaba, tapándose la boca. El "click", en otro momento, hubiera sido imperceptible, pero esta vez no. Un gran impacto, como el golpe de una mano gigante, los arrojó a los tres a varios metros de allí, aplastándolos contra una pared. Después fue el fuego y la metralla. Miles de cristales estallaron y se multiplicaron, coloreados por la sangre, el brillo del sol y los trozos de sus cuerpos. Todo terminó por caer: la mochila, las ropas, sus miembros... Después, silencio.
Alguien, al otro lado de la calle, apagó un detonador y lo guardó en el bolsillo de su gabán. Se giró satisfecho, y marchó camino a casa. Tu llaveDicen que el amor asoma a veces desde un gesto. El tuyo fue una mirada, un destello en fuga del que un descuido me hizo dueño.
La llave cayó al suelo. Quise creer que se trataba de una clave, de un código con el que invitabas al amante, sin querer, a traspasar las lindes que separan del deseo.
Y yo acepté. Corrí hasta el lugar en que yacía. La recogí aún tibia de la acera y te llamé sin hablar, por miedo a que me oyeras y recuperaras el metal que unía nuestras vidas. Pero el sonido de tus pasos se perdió calle abajo hasta tu casa.
Aprisioné aquel objeto entre mis manos y cerré los ojos. Entonces recordé sucesos no ocurridos:
Me vi inseguro acercándome a tu puerta. Tentado de huir y no enfrentarme a otro fracaso. Sentí mi alma sudorosa, mis sentidos anegados. Hasta que, al fin, el instinto o el deseo giraron por mí la cerradura.
Me vi avanzando nocturno hasta tu cama. En cuclillas aspirando el aire de tus sueños; acariciando los bucles de tu frente. Una leve sonrisa se asomó a tu rostro y del fruncir de tus labios fluyó mi nombre.
Y fue ese rostro quien cerró mis pensamientos. Atrancó las puertas de la dicha con un golpe seco. Tocaste mi hombro y derramaste sobre mí el desdén de tu mirada. Me arrebataste el instrumento de una felicidad que no sería. Tan solo a cambio de un murmullo, de la común convención que obliga a ser personas educadas. Mientras te girabas para abandonarme, presentí del fruncir de aquellos labios unas gracias que hice mías. Y así, cuando te hiciste cuerpo incierto entre otros cuerpos, me atreví a decir:
“Te quiero”. Toda AguaEva era toda agua. Era agua cuando tenía hambre, agua cuando sonreía y mostraba sus dientecitos de agua; agua cuando lloraba y agua cuando apretaba tanto los puños que de sus ojos se escapaban diminutas gotas de agua.
Eva era toda agua y casi siempre se comportaba como el agua. Era agua cuando se derretía de impaciencia, o cuando la congelaba algún reproche, incluso era agua cuando se evaporaba de alegría o cuando buceaba en la bañera en busca de una nueva golosina. Eva, era toda agua.
A veces soñaba, y sus sueños de agua la envolvían transportándola hasta las nubes donde era libre y podía sentirse mejor que en casa, liberada de sí misma, dueña del vaivén de sus deseos, con la sensación de cumplir con sus instintos y ser feliz por ello. Pero llegaba la mañana, y la luz anegaba su alegría desplazándola por mil quehaceres de desesperante sequedad. Sólo la promesa de otra noche animaba a Eva a fluir por aquellos cauces pedregosos.
Sin embargo, algo le decía que su dicha de agua era incompleta. No se trataba ya de la aridez que encontraba a cada paso, ni tampoco de los espejismos de agua que a veces se cruzaban en su curso. Era más bien un sordo hastío de rocas que no ceden al embate. Y entonces vio la arena.
Era seca, pero discurría como ella, se adaptaba, cambiaba de forma y seguía siendo arena a pesar de qué o quién la contuviera. Dejaba huellas de sus pies al caminar y se apartaba o se fundía con su piel según la ligereza con que Eva la tocara. Descubrió en ella rastros de algas que la marea en retroceso dejaba al descubierto. Escuchó sonidos de burbujas y el entrechocar de guijarros a lo lejos. Y levantó la vista. Y su mirada se perdió en el borde inmenso de un océano de dichas. Y deseó hacerse una con el mar. Adentrarse entre sus olas y dejarse arrastrar por la corriente que tiraba ya de sus tobillos entre sal y espuma.
Encontraron sus ropas en la orilla, junto a caracolas blanqueadas y pinzas de cigala. Pero nadie la buscó; sabían bien que toda Eva, al fin y al cabo, era agua. FríoComo siempre, llegué tarde. "Hola", saludé al infinito y sólo obtuve miradas duras hasta que apoyé mi hombro en una esquina, luego perdí su interés y volvieron a las caras del suelo, los letreros de las paredes o al niño de llanto eterno. Algunas viejas abanicaban con recetas los trozos de piel desnuda que sus hábitos aún dejaban al descubierto. Sobre ellas, sucio e inservible, colgaba un ventilador detenido como el fotograma de una película en pausa. De expresión seca, párpados cerrados, sus hombres contenían el deseo de limpiar las gotas de sudor que mezclaban sal y mugre entre las arrugas de su frente.
La fiebre me arrastraba. Sentía, casi desde fuera y con curiosidad científica, cómo desconectaba cada órgano, cada recuerdo, distorsionando mis sentidos al tiempo que sumía mi conciencia en un sopor agradecido. Recuerdo un leve gemir, una ligera expresión que lanzar al mundo en busca de socorro. Pero no lo obtuve. Sólo miradas de reojo y silencios.
Alguien, con desconsiderada rudeza, abrió una puerta, prosiguió un comentario a medio terminar y rió cómplice con el fantasma que quedó en la habitación. Cuando volvió su rostro hacia nosotros, ya no reía. "¿Torres, Raimundo? ¿De Andrés, Ángela? Pase. No, por ahora nadie más. Ya lo llamaré cuando sea su turno". La figura blanca volvió a sus comentarios y sus risas detrás de un nuevo portazo.
Un grupo de moscas se burlaba con vuelos en zig-zag de las telas de araña que nuestra respiración mecía levemente en los rincones. A veces se unían en una corta danza pugilística, otras se cruzaban con aparente indolencia. Mantenían su espacio, se perseguían, vivían.
Entonces rompí la convención, mi biología se saltó las normas, el orden establecido y las leyes tácitas sólo aplicables dentro de aquel recinto y sólo para los que allí estábamos. Alcancé mi límite y caí. Ninguna mano se tendió, nadie hizo ademán de amortiguar el golpe; ningún reflejo de auxilio, ningún murmullo de sorpresa. En su lugar, miradas cargadas de reproche e indiferencia.
Cuando desperté no había nadie junto a mí. Sólo la acogedora y eficiente calidez de las máquinas que me mantenían con vida. ColecciónDicen que recuerdas mejor la primera vez que te ocurre algo. Con el tiempo he acabado por creerlo. Aquella fue la primera vez que me ocurrió, la primera de muchas. Fue la primera vez que reparé con lascivia en las manos de otra mujer.
La situación era bastante vulgar, como casi todas las que acaban por representar algo en la vida. Ella era la madre de uno de los compañeros de clase de mi hija y ambas esperábamos a los niños en la salida. Yo charlaba de alguna estupidez con alguien, y el mundo se detuvo. No me había dado cuenta hasta entonces de sus manos, pero el sonido de unas pulseras me despertó de esa mal llamada realidad para transportarme a un nuevo sendero que jamás había hoyado, arrastrada por la cadencia de un movimiento serpentino, por el tintineo metálico de los abalorios, por la belleza primitiva de la carne. Admiré la finura de sus dedos, la extensión de sus uñas, los pliegues de su piel. Las imaginé tomándolas entre las mías, acariciándolas, besándolas, oliéndolas; recorriéndome, rozándome, clavándose en mí.
El tirón impaciente de Ana en mi falda volvió a dormirme en la realidad.
Para una mujer es fácil acercarse a otra, buscar la ocasión, hallar el pretexto. Un trabajo de los niños, una excursión, ¿qué más da?
De su rostro, su risa, sus gritos, ya no queda nada en mi memoria. Sólo sus manos la ocupan por completo. La verdad es que eso no es difícil. Puedo verlas cuando quiera. Si no me equivoco, aún conservo ese par de manos en el primer estante del congelador. Mi primer verano, mi último verano.Cuando abriste la caja vi tus ojos. Estaban muy abiertos, con una expresión entre alegre y sorprendida. Me cogiste en brazos y pegaste tu cara a la mía, como si quisieras que mi carne se hiciera parte de la tuya. Me levantaste por encima de tu cabeza, siguiendo el dictado de un rito ancestral de aceptación, y juraste que siempre me querrías. Mi primer invierno, era primavera. Crecí devorando tus caricias, anhelante, siempre pocas. Corría entusiasmado tras cada juguete que lanzabas. Al principio sonreías , te admiraba cualquier gesto, mis tropiezos y mis juegos inocentes. Pero con el tiempo leí en tu mirada lagunas de impaciencia, de tolerancia siempre al límite. Mi tamaño estorbaba, mi fisiología hería. La lenta e incómoda rutina hacía de mí menos compañero y más estorbo. Mi primavera fue otoño. Aquel día no hubo paseo. Llevaste una pelota, desprendiste la correa de mi cuello y su lugar lo ocupó una cuerda que me ahogaba. Subimos al coche y nos marchamos. No me miraste ni una vez en el trayecto, incluso apartabas mis caricias con las manos. Yo lamía aquella cuerda y, sin comprender, trataba de atraer de nuevo una sonrisa. El coche se detuvo. Te giraste y me dijiste unas palabras. Justificaste la tranquilidad de tu conciencia y, con un gesto mil veces repetido, lanzaste muy lejos la pelota. Yo ladré desesperado por cogerla, por desasirme de la cuerda que me retenía, por revivir aquellas miradas de orgullo ya olvidadas. El juguete se perdió entre la hierba y yo con él quedé huérfano de ti. Sólo huellas de neumático en el suelo, polvo cegador levantado por el viento y de tu calor, nada. Mi primer verano se hizo invierno. Asociaciones SecretasCucaracha - Lealtad
Desde que lo vi –llevaba aquella corbata azul que tan poco le favorecía–, Raúl me pareció un cerdo. Bueno, más que un cerdo, una cucaracha. Por lo arrastrado, por lo mezquino, por alevoso y por nocturno. Raúl era uno de esos tipos siempre dispuesto a correr un poco más que tú –y yo corro mucho–, para abrirle la puerta al director. Sé que es más propio de un caracol, pero el reguero de babas que dejaba al andar era la pesadilla de las filipinas que limpiaban. Siempre con el café a punto, las llaves en la boca y un cepillo en cada mano: todo sea por el jefe. Y lo gracioso es que no era muy distinto a mí antes de que llegara. Sólo que yo era más serio con los viejos. Yo respetaba el rango y no interfería en el trabajo de mis antecesores. Cada uno conocía el hueco infecto que ocupaba y observaba las normas implícitas de nuestra reptiliana actividad. Sin embargo, este advenedizo reventó el orden, una estructura concienzudamente edificada y pensada para durar más allá de las jubilaciones y las bajas.
Pero sucedió lo inconcebible. La adversidad nos hizo unir fuerzas, caminar juntos por la senda de la reconquista, erigirnos como paladines del peloteo y conspirar contra el intruso. El subdirector ejecutivo con el jefe de planta, la asesora con el secretario de marketing, el bedel con la asistenta. Y lo acorralamos. Usamos como armas maletines y pisapapeles, palos de escoba y percheros. Pintamos nuestros rostros con el toner de las maquinas y tatuamos nuestras frentes con sellos de "pagado". Lo atamos y amordazamos obligándole a tragar facturas. Lo subimos a su escritorio y, pasando una cinta de impresora vieja por las aspas del ventilador de techo, lo colgamos por el cuello hasta morir.
Aún tengo que limpiarme la boca cuando lo recuerdo. Ese aprendió, aunque tarde, la lealtad que también exige ser lameculos.
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Madre - Metal
El monito tenía todo lo que necesitaba: pechos artificiales que administraban leche nutritiva, un ambiente estable con una humedad y temperatura idónea, música relajante y juguetes mecánicos. Pero cuando el investigador golpeó la mesa, ocurrió algo imprevisto. El espécimen no corrió a los brazos metálicos del robot, por el contrario, se refugió entre los restos secos de lo que una vez fueron las pieles de su madre biológica. Curiosa reacción.
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Águila- Locura
Señor, sólo puedo hablar sobre lo que vi. El instructor, mi compañero, trataba con dureza al recluta. En más de una ocasión lo denuncié. Hay informes que ratifican mis palabras. Al principio creímos que sólo era una técnica de despersonalización, de las mismas que aplicamos a todos los novatos, pero... ¡Demonios, señor! ¡El sargento se estaba ensañando con aquel muchacho! A nadie le podía extrañar que todo acabara así. Tenía que haberlo visto, señor. Y todo por un tatuaje. Ya sabemos que el águila en el brazo es la insignia de la legión, pero quien iba a imaginar que el sargento se abalanzara sobre el chico e intentara arrancársela de la piel a dentelladas. Una imagen, Mil palabras![]() Asomado al desagüe, Ernesto vio al fin cumplido su deseo. Sin duda, aquello sería lo más parecido a estar cerca del mar.
Después del hongo, vino la calma. Cuando nos dijeron que al detonar sólo quedarían las cosas, nadie lo tomó en serio.
Mi madre era muy literal con sus emociones: realmente se deshizo en lágrimas.
La invasión volvió a fracasar. Fue mala idea diseñar ovnis-paraguas sin contar con el mal tiempo de La Tierra.
Gentil, quise recoger el paraguas de la chica, pero entonces recordé que sólo podía pisar las baldosas blancas.
La impaciencia hizo salir antes de tiempo al muñeco de nieve.
El niño del paraguas pardo saltaba riendo en cada charco, hasta que la alcantarilla, abierta, vengó las heridas del agua.
"Sólo son cuatro gotas", debieron pensar antes del diluvio.
Tenía tanto miedo a cruzarse con su mirada, que prefería mantenerla fija en los charcos.
Fotografiaba todo cuanto le parecía extraordinario sin calmar su anhelo. No sabía que la belleza le aguardaba en casa. ¡Entonces, aire!Apoyaba su brazo en el muro como un ave herida, abandonado a las náuseas, dolorido. Su cabeza, ya cana, se escondía perdida entre los pliegues de su traje. Cuello almidonado, gemelos y botines. La acera frente a él drenaba el resultado de su última arcada, extendiendo un olor ácido que llegaba hasta mi esquina.
Creo que fue entonces cuando aparecieron aquellos jóvenes. Resortes contraídos. El anciano llamó su atención como el aleteo de un pez enfermo lo hace con los tiburones. Se acercaron entre bromas. Cediéndose unos a otros el privilegio del tanteo. Y hubo un contacto. Alguien le metió la mano en el bolsillo para extraer un pellejo vacío de riquezas. Siguió un empujón senil, fortuito. Espasmos de la presa acorralada tomados como hostiles. La ira fluyó entre zarandeos, risas nerviosas y empellones. Crueldad del corro. Impunidad de la penumbra. Orgía. Palabras de culpa que estallan en su oído. Odio en las narices arrugadas. Palmas abiertas, luego puños. Anteojos rotos. Ropas desgarradas. Equilibrio precario hasta llegar al suelo. Lágrimas, toses y patadas. Rebozado en vómitos y sangre. Sin familia, sin socorro, sólo un pelele al vaivén de la marea. Crujido de huesos, derrames internos, orina y espuma. Pilatos escudándose en el grupo. Olor a miedo. Risas. Lamento. Placer. Frenesí.
Uno de ellos reparó en mí y se acercó:
-¿Y tú qué coño pintas?
-Yo… nada -respondí.
-¡Entonces, aire! |